El presidente Daniel Noboa ha salido a descartar públicamente posibles apagones durante abril, respaldando su afirmación en los niveles del embalse de Mazar y en la incorporación de nueva capacidad termoeléctrica. La declaración, replicada en distintas plataformas digitales, busca instalar una idea de estabilidad en un contexto atravesado por la incertidumbre energética. Sin embargo, el hecho mismo de que el mandatario intervenga directamente en este tema evidencia el impacto político de los recientes cortes sorpresivos, al punto de desplazar la discusión desde lo técnico hacia la comunicación presidencial.
Esa exposición abre un segundo frente: la credibilidad. En la lógica de la comunicación gubernamental, la vocería se distribuye para proteger la figura presidencial y reservarla para momentos de alta legitimidad o decisiones estratégicas. Cuando el jefe de Estado asume la defensa operativa de un sistema, en este caso, el eléctrico, aumenta el costo reputacional de cualquier error. Si las condiciones cambian o las proyecciones no se cumplen, no será un funcionario técnico quien enfrente el cuestionamiento, sino la palabra presidencial la que pierda valor.
Hay además un tercer efecto: la activación del tema en agenda. Al insistir en que no habrá cortes, el Gobierno mantiene el problema en el centro de la conversación pública, incluso cuando busca cerrarlo. En escenarios de baja confianza, ese énfasis puede resultar contraproducente. El mensaje deja de tranquilizar y pasa a generar sospecha.
En ese punto, el Ejecutivo llega con desgaste. Organizaciones como Lupa Media y Ecuador Chequea han documentado inconsistencias en declaraciones oficiales en distintos momentos. A esto se suma una relación conflictiva con medios de comunicación, cuestionados desde el poder por su cobertura. En ese contexto, la credibilidad no se construye negando problemas, sino sosteniendo coherencia, precisión y prudencia en cada intervención. Sin esos elementos, incluso los mensajes correctos corren el riesgo de no ser creídos.










