La universidad debe defender su autonomía y su sentido de comunidad. La autonomía universitaria implica la capacidad de tomar decisiones y actuar por sí misma: organizarse, estudiar sin sometimiento a poderes externos, ejercer la libertad. Implica emprender caminos y acciones desde su propia visión para transitar —e incluso adelantarse— hacia un futuro deseable en la sociedad.
La autonomía requiere, además, una dimensión de respeto hacia los miembros de su comunidad, para que puedan actuar, enseñar e investigar sin intromisiones de ningún poder externo. Estabilidad. No es un asunto menor. Ni poderes económicos, fácticos o políticos; tampoco la vanidad o la ambición deben interferir. Se trata de un sentido de máximos: máximos en función de la conveniencia comunitaria y social. Una mirada orientada a la integridad de la sociedad, desde el pensamiento y la visión crítica; desde el actuar. Partiendo de una postura que asume desafíos en respuesta a las urgencias, sí, pero, sobre todo, a los destinos de una sociedad.
En la universidad se educa, pero con un sentido de responsabilidad por el porvenir. Lejos de los excesos y del cálculo utilitario de consecuencias, se trata de formar desde el camino, la vocación y el fecundo propósito de incidir en nuevos días.
La universidad requiere acciones voluntarias y comunitarias, así como un sentido en formación cívica. No se trata de la transmisión de contenidos aislados, sino de un aprendizaje orientado a pensar. Pues pensar la universidad implica asumir, al menos, tres dimensiones esenciales: formación intelectual rigurosa, formación ética y formación cívica. Lo cívico es pertenencia y respeto; es consecuencia, pero también institucionalidad. No cabe el conformismo ilustrado, sino una ciudadanía crítica que renuncia a la comodidad y entiende de la lealtad con los principios. Con el sentido de la vida.
Cuando un estudiante universitario se gradúa, realiza un juramento. Sin embargo, este debe comprender los retos actuales de una humanidad que no puede convertirse en un cementerio de principios y acción. El juramento, entonces, debe transformarse en un compromiso con los mínimos: el cuidado de la humanidad y de la naturaleza; la negativa a realizar actividades profesionales ilícitas; y la decisión de no tolerar la corrupción ni el fugaz destino de lo momentáneo. (O)
@jchalco










