Nunca hubo un juez más justo. Tal vez demasiado justo. Escuchaba con atención para evaluar no solo los hechos, sino también las condiciones morales y las historias personales de los acusados. Y siempre procuraba favorecer a los buenos y castigar a los infames. Se creía investido de un propósito superior: su pluma no estaba al servicio de la ley, sino de la justicia, una novedad en este mundo donde tantos de sus colegas no eran más que lacayos del sistema, crueles con los débiles y sumisos con los poderosos.
Aquella noche, los ladrones merodeaban. El objetivo era una joyería en los bajos de un viejo edificio. Entraron por el techo para no activar las alarmas. Él lo hizo con dificultad y, al tocar el suelo, un intenso dolor en la rodilla le hizo reparar en algo que intuía desde hacía tiempo. Esa noche, este ladrón comprendió que estaba viejo. Pero no se achicó. Había que dar la talla hasta el final.
De pronto, uno de los muchachos forzó una ventana y activó las alarmas. Escaparon a carrera tendida hasta una vieja casa que les servía de guarida. Él llegó al final, resollando. Oyó algunas burlas y, cuando levantó la vista, encontró en los demás una mirada de lástima. Un minuto después, sin que nadie lo notara, había desaparecido. Esa noche, desde el autobús, los pasajeros vieron pasar a un hombre canoso. Dicen que iba llorando, bajito, mientras fumaba un cigarrillo. Una bolsa con algunas joyas (su parte del botín) colgaba mansa de su hombro derecho. No huía; caminaba despacio, aun cuando escuchó las sirenas del patrullero a sus espaldas.
Al día siguiente, se presentó ante el juzgado. Cuando el juez lo miró a los ojos, no encontró arrepentimiento. Lo escuchó confesarlo todo, excepto los nombres de los muchachos, y cerró con un lacónico “estoy cansado”, como si hablara consigo mismo. Lo que vendría después provocó un escándalo: el juez no lo condenó. Cuando le preguntaron por qué, dijo que simplemente no podía, pero que en un mundo que se ahoga en sangre mientras los verdaderos criminales tienen las llaves de la cárcel, “no se puede castigar la dignidad” … (O)
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