El alza de los precios de las gasolinas y del diesel tendrá repercusión inmediata en el bolsillo de la gente.
El desabastecimiento de estos combustibles ni bien anunciado el incremento, en gran medida producto de la “viveza criolla”, será superable, no así el que tendrán los productos que alimentan a los ecuatorianos.
Le especulación es un mal moral endémico en el país; y, por serlo, incontrolable. Además, no hay quién lo haga.
Por ejemplo, en Cuenca, este miércoles, día de feria, ya valdrá más, mucho más, las hortalizas, las frutas, los granos, hasta las carnes, los productos del mar. Igual ocurrirá en el resto del país.
Se argumentará, como siempre, el alza del valor de los combustibles, así no haya subido el de los fletes, es decir el transporte.
Lo peor es que el alza no guarda relación con el potencial incremento de los fletes. Si al transportista se le ocurre subir, supongamos, un dólar por cada quintal de choclos, el intermediario y los otros revendones, este mismo precio le prorratean por tres o cuatro mazorcas.
La economía familiar, que depende de sus ingresos mensuales, semanales y hasta diarios, es la más golpeada cuanto el valor de los combustibles se dispara sin contemplación.
Se impone la ley del especulador, y punto; y ante esta alevosía, la queja ciudadana no tiene eco.
Es que el bolsillo de las personas no sopesa, a lo mejor ni comprende, que el alza obedece a los precios internacionales, que estos suben por la guerra entre Irán y Estados Unidos y sus aliados.
Y como al valor de los combustibles, desde años atrás atado a un sistema de bandas de precios, el actual Gobierno introdujo otro método de cálculo para reducir el subsidio estatal, el impacto es contundente.
Siendo justos, también tienen razón los transportistas de quejarse, con lo cual la presión social podría encresparse.
Los actuales valores estarán vigentes hasta el próximo 11 de junio. ¿Qué pasará luego de esta fecha?








