No hay de otra. El tiempo pasa volando. Y sí, en un abrir y cerrar de ojos ya pasó un año de gestión de la Asamblea Nacional, que de acuerdo con las últimas encuestas ha bajado notablemente su imagen. Pero es un patrón que siempre se repite y lo intentaré descifrar.
Claro. Todo empieza bien. Con besos y abrazos arrancan juntos de la mano. Pero al momento de ejercer sus roles de fiscalización es cuando las pepas queman. Ah, y me estaba olvidando. Para conformar las comisiones empiezan los acomodos.
Es que, a ver. Hay comisiones que son muy apetecibles, como la de Fiscalización y Control Político. Es que desde ahí se pueden bloquear algunos asuntitos que el gobierno de turno no quiere que nadie meta las narices. Así ha sido siempre. Ponen a los líderes de bancada para que se picoteen en esas sesiones.
Si alguien quiere hacer oposición, lo pasan por encima como una aplanadora. Recuerdo en las épocas doradas de la Revolución Ciudadana que todo lo que le convenía al gobierno era aprobado con la reverencia del Legislativo. Así que todo quedaba listo para que manejaran a su antojo.
En cambio, cuando no tienen el poder, al presidente le va de la patada. No se vaya lejos. Acuérdese de cuando Guillermo Lasso estuvo en Carondelet. La Asamblea Nacional era su talón de Aquiles porque no podía hacer nada. Todo proyecto de ley era bloqueado. Tomó la decisión de gobernar mediante decretos ejecutivos, pero tenía otra barrerita. Sí, la Corte Constitucional.
Pero bueno. Ahora la pelea se ha volcado entre morados y verdes. Se agarran de los pelos cuando les toca debatir algún temita. Se dicen de todo. Lanzan lodo con ventilador. Está bien que tengan diferencias, pero no es motivo para que se digan epítetos como serpientes o burros. No, mijines. Así no se hace política. Construyan herramientas jurídicas con argumentos. Verán que todavía les faltan tres añitos. Estaremos pilas. (O)





