Hay gente capaz de convertir cualquier éxito en prueba indiscutible de su talento… y cualquier fracaso en culpa del clima, del algoritmo, de Mercurio retrógrado o de la incompetencia ajena. Si algo sale bien, fue gracias a su inteligencia, visión y esfuerzo. Si sale mal, hubo factores externos imposibles de controlar.
La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno. En 1975, Dale T. Miller y Michael Ross describieron lo que hoy se conoce como el self-serving bias o sesgo de autoservicio, esa tendencia a atribuir los éxitos a cualidades internas, llámese talento, capacidad o inteligencia, y los fracasos a factores externos como la mala suerte, las circunstancias o los demás.
Este sesgo no necesariamente nace de arrogancia, más bien funciona como un mecanismo de protección psicológica. Nuestro cerebro intenta preservar la autoestima editando la narrativa ligeramente a nuestro favor.
El sesgo aparece en todas partes, el estudiante que obtiene una mala nota “tenía un profesor terrible”, que claramente no era yo ;), mientras que la buena nota demuestra su brillantez natural. En redes sociales el fenómeno alcanza niveles olímpicos, el éxito es disciplina y mentalidad, mientras que el fracaso, obviamente, es falta de apoyo, haters o energía negativa.
El problema no es tener el sesgo, es no notarlo. Porque una persona incapaz de reconocer sus errores deja de aprender, y una organización que solo celebra aciertos y evade culpas termina viviendo dentro de una versión muy editada de la realidad.
La autocrítica saludable requiere aceptar que a veces sí tuvimos responsabilidad en el desastre, que no siempre somos víctimas del contexto, y que, dolorosamente, algunas de nuestras malas decisiones fueron eso: nuestras. (O)
@ceciliaugalde






