Por los antecedentes, los ecuatorianos vivimos en una especie de psicosis cuando, por las razones que sean, se producen los apagones, o suspensiones imprevistas del servicio de energía eléctrica.
Los producidos en días anteriores en varias provincias causaron preocupación, aunque ni tanto, porque como que la gente ya está acostumbrada, no por ello molesta.
Las autoridades se apresuraron en aclarar que los apagones fueron a causa del “aumento extraordinario” de sedimentos en la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair.
Superado el imprevisto, causado por el aumento del caudal del río Coca que abastece a esa central que, contrario a la de Mazar, no tiene embalse, el servicio volvió a la normalidad.
Lo cierto es que si no son los arreglos en las redes de distribución, o por que el embalse de Mazar disminuye debido a que no llueve lo suficiente, es la acumulación de sedimentos, lo que tiene el país en vilo.
En abril, el Operador Nacional de Electricidad, Cenase, emitió un informe nada prometedor.
Dio cuenta de que por falta de inversiones en el sector, de repotenciación en el sistema de transmisión y distribución de energía eléctrica, hay mayor riesgo de tener cortes de luz de más magnitud que los vistos en la Costa, y hasta apagones masivos.
Ese informe debe ser tomado muy en cuenta por el Gobierno. No está contradiciéndole; más bien advirtiéndole.
Cómo no debe preocuparle cuando señala que la necesidad de “desconexión de grandes cantidades de generación para evitar sobrecaras de elementos o inestabilidad del sistema de potencia podría generar nuevas condiciones adversas”.
Parte de esas condiciones son los altos voltajes, “que podrían llevar a un colapso parcial o total”. De allí el riesgo: que se produzcan eventos en cadena, “que podrían llevar a un colapso parcial o total”.
Todo lo que ocurra en el sector eléctrico, por más doloroso que sea, debe ser informado con la verdad.






