La insinuación del título de esta cuartilla es una parodia de la frase “Por donde va la universidad, va la sociedad”, atribuida a José Vasconcelos, conocido como el “Maestro de América”. Ciertamente, la calidad y el rumbo de la universidad terminan reflejándose en toda la sociedad. Si forma profesionales capaces, éticos y críticos, la sociedad progresa; si fomenta la ciencia, la cultura y el pensamiento libre, se desarrolla; pero si se debilita, también se deterioran la educación, el desarrollo, la democracia, la convivencia social y el bienestar de la comunidad donde actúa.
No es el número de universidades lo que prestigia a las ciudades y a las naciones, sino la calidad de cada una de ellas. En países como el nuestro, el comercio y la ambición han provocado su proliferación que, lejos de contribuir a la formación de profesionales competentes, terminan generando caos en las estructuras académicas y profundizando la desocupación de los egresados. Antaño, en esta ciudad, bastaron dos o tres universidades para formar profesionales de solvencia científica y humana. que fueron líderes en la región y el país, y contribuyeron decisivamente a su desarrollo.
La histórica Universidad de Cuenca desde contó con regentes de notable talla académica y humana. Basta evocar, entre otros nombres ilustres, al primer rector Benigno Malo y, más adelante, a figuras como Gabriel Cevallos García, Remigio Crespo Toral, Carlos Cueva Tamariz, Luis Cordero Crespo, Teodoro Coello, Gustavo Vega y Fabián Carrasco, quienes, con inteligencia, sabiduría, valores y vocación de servicio, engrandecieron no solo a la universidad, sino también al pensamiento y al destino de Cuenca y del Ecuador.
Antes los catedráticos no acumulaban interminables títulos de cuarto nivel, diplomados, especializaciones, maestrías o doctorados exhibidos como trofeos curriculares; sin embargo, en justa y serena comparación con muchos de quienes hoy embadurnan sus hojas de vida con cartones y certificaciones, fueron auténticos líderes y maestros, de esos ante quienes había que descubrirse el sombrero por sabiduría, ética y ejemplo.
Hubo una época en que una universidad extendió sedes y extensiones incluso hasta pequeñas parroquias, muchas veces con discutible calidad académica. Hoy, los mercaderes de la educación han multiplicado universidades con las mismas carreras de alta demanda y rápida rentabilidad. El resultado es una peligrosa sobreoferta académica que sacrifica la calidad en beneficio del negocio.
Es hora de que los organismos rectores y las propias universidades realicen serias auditorías; que evalúen con rigor la pertinencia de tantas instituciones proliferantes y, de ser necesario, clausuren aquellas que han convertido la educación superior en una simple empresa lucrativa. (O)








