CON SABOR A MORALEJA
Cumplir años es aceptar que el paso del tiempo es inevitable. Es mirar las huellas que hemos dejado y admirar las que se han instalado en nuestro maravilloso cuerpo. Sin embargo, nos recorre una sensación de que todo ha ido muy de prisa, que los días y meses han pasado en un abrir y cerrar de ojos y, mientras tanto, los buenos y malos momentos han quedado impresos en las páginas de nuestra vida.
Llegar al sexto piso no significa que ya no se tenga ilusiones, ni sueños que cumplir -los sueños no tiene fecha de caducidad- ni que se ha perdido la capacidad de asombro y de superación. Es una época en la que se valora y agradece lo que se tiene normalizado y, cuando no se está haciendo absolutamente nada, el sentimiento de culpa se esfuma. Se cierran ciclos de manera consciente y pacífica; se dice no sin sentirse culpable y se deja ir a personas o situaciones sin tener cargo de conciencia. Es una nueva etapa en la que la pausa es reconfortante; así como las caminatas en medio de la naturaleza; los viajes cortos o largos y las lecturas que guarden la misma distancia. Las tertulias con los amigos se vuelven indispensables para recordar que los años no definen quiénes somos, sino cómo los hemos vivido.
Lejos de ser una edad para descansar, los sesenta pueden ser el comienzo para reinventarse, para dar a luz proyectos que estuvieron relegados por mucho tiempo o para explorar nuevos hobbies.
Cumplir seis décadas es un privilegio que merece una celebración especial, no solo porque se celebra el paso del tiempo, sino por lo que se ha logrado y lo que aún está por venir. Así que, si están pisando este camino o conocen a alguien que lo esté, recuerden que es una oportunidad para felicitarse por las travesías que han llegado a buen puerto y también por los naufragios a los que han sobrevivido. La vida es una escuela al aire libre, y tarde o temprano, nadie se va sin aprender algo de ella. La lección que ha calado en lo más profundo de mi ser, es un consejo simple pero sabio que mis padres supieron darme en la niñez: “En la abundancia como en la escasez, hay que ser agradecidos”. Y sin proponérselo, este sencillo acto produce una cascada de agradecimientos pues la gratitud mueve montañas, y atrae, como un imán, más cosas por las cuales agradecer.
¡Que vivan los sesenta! (O)







