La actuación poco afortunada de la Selección Nacional de Fútbol, la Tricolor según la jerga deportiva, ha desatado todo tipo de pasiones, de aversiones, de reacciones racistas, sobre todo ha impactado en la psiquis social.
El periodismo deportivo que, en varios casos actúa como un fanático más; más otros “entendidos en la materia”, vendieron la ilusión de que la Tricolor llegará a posiciones estelares en el Mundial de Fútbol 2026.
Su clasificación a la máxima cita mundialista, segunda después de Argentina; mantenerse invicta durante casi 20 partidos, en los cuales predominaron empates y pocos goles; tener a tres o cuatro de los mejores defensas del mundo; a casi todo los convocados jugando, como aquéllos, en el exterior, abonaron a esa ilusión.
Empero, los resultados en los dos primeros encuentros no fueron los ansiados con vehemencia sin igual por los ecuatorianos que gustan del fútbol, y experimentan con la Tricolor una verdadera catarsis.
Diríase con seguridad que esos ecuatorianos, a lo mejor el 90 o el 95 %, pasaron de la ilusión, alimentada además por la publicidad y la euforia que transmiten los medios de comunicación, a la rabia, casi que a la sin razón, a la desesperanza, como si con eso se acabara el mundo o el país se jodiera más de lo que está en lo económico, en lo social, en lo político, en la justicia, en seguridad, en el respeto a la libertad de expresión.
La Tricolor, hoy se enfrenta al “partido de su vida” frente a Alemania.
Nadie desea que pierda o empate. Si gana, en buena hora. Si es lo contrario, hay que entender la realidad, esa realidad que no condujo a valorar los méritos de sus dos rivales anteriores.
Los jugadores son seres humanos. Lo dieron todo; pero también tienen sus limitaciones, como su cuerpo técnico.
El fútbol, mercantilizado, que hasta mediatiza la desilusión, no puede imponer el fracaso colectivo en una sociedad que sabe discernir.









