Yo conocí a Oswaldo Guayasamín antes de pisar su museo. Lo conocí en la casa de un colega, de un fotógrafo, de un testigo del mundo: mi amigo, el fotoperiodista Roberto Koltun, ganador del Premio Pulitzer y nominado en otra ocasión, como parte del equipo del diario El Herald de Miami, donde desarrolló gran parte de su carrera.
En sus paredes no solo hay imágenes. Hay historia, memoria, humanidad detenida en el tiempo. Fotografías que él mismo tomó al Dalai Lama, a los pontífices, a reyes y a tantas otras figuras, retratos que no solo capturan rostros, sino momentos que ya no volverán. Y entre todo eso, una fotografía y una pintura de Guayasamín.
Ahí fue mi primer encuentro. No en una sala blanca ni bajo luces de museo, sino en un espacio vivido, en un lugar donde el arte no se exhibe… se habita.
Después llegué a Quito y conocí su museo. Y fue ahí donde entendí la casa, el taller, el silencio y, sobre todo, el dolor. Porque la obra de Guayasamín no se mira… se siente. Es un grito contenido, la pobreza, el abandono, el olvido de tantos, convertidos en trazo, en color y en gesto. Uno no sale igual de ese lugar.
Y entonces entendí también a Roberto. No por sus premios, sino por su mirada. Porque sabe que una imagen no necesita explicación, que hay miradas que lo dicen todo. Como la fotografía que le tomó a Oswaldo Guayasamín, allá por 1984. Y basta mirar su rostro, capturado por Koltun, para entender que no hay que explicar demasiado.
Es curioso que por esos años, yo era apenas una niña que soñaba con trabajar en televisión, sin saber que ese mismo camino me llevaría, con el tiempo, a conocer a periodistas como Roberto Koltun.
Pertenecemos a generaciones distintas, pero en la amistad, la edad pasa a segundo plano, como ocurrió entre él y Oswaldo. Porque Roberto no conoció solo al maestro, ni al nombre inmenso que hoy habita en los museos.
Conoció a Oswaldo, así, sin distancia ni pedestal. Y eso se percibe en una de sus fotografías juntos: no a un fotógrafo y a un gran pintor, sino a dos amigos. Un Koltun muy joven y un Guayasamín ya pisando años, compartiendo una naturalidad que solo existe entre quienes se han abierto la puerta de su casa. Detrás de ellos, una de sus pinturas, como si la obra los observara en silencio, testigo de algo más íntimo que el arte: la amistad.
Porque antes del mito hubo cercanía, y antes del reconocimiento, confianza. Hubo admiración mutua, conversaciones, puertas abiertas… y también detalles profundamente humanos. Me cuenta Roberto que a Oswaldo (como aún lo llama), le gustaban las rubias, y que durante años conservó una ilusión muy particular: encontrar aquella primera pintura que había vendido por cinco sucres. Pequeñas historias que tal vez no aparecen en los libros, pero que revelan al hombre detrás del nombre.
Y también hubo una contradicción que dice mucho: la amistad entre un cubano en el exilio y un artista que admiraba profundamente a Fidel Castro. Roberto me lo dijo con claridad: “A mí no me importaba su ideología política… Me importaba el artista, el creador y la persona extremadamente humana que era”. Y en esa frase hay una forma de mirar. Porque no es fácil separar, no es cómodo ni automático, pero él lo hizo.
Así miran los grandes fotoperiodistas: no capturan rostros, capturan lo que hay detrás de ellos. Y con esa mirada, logró algo que también habla por sí mismo: una de sus imágenes de Oswaldo fue portada en una famosa revista en Miami, como si incluso en medio de las diferencias, la imagen encontrara su camino.
En casa de Roberto Koltun vi también la pintura que le regaló su amigo, Oswaldo Guayasamín, el artista que tomó el clamor del pueblo latinoamericano y lo convirtió en arte para que nadie pasara de largo.
Y en mi casa hay otra mirada: una fotografía que Roberto me regaló, en blanco y negro, del Muro Occidental de Jerusalén. Porque eso hace un amigo de verdad: comparte lo que ve y lo que es.
No importa que vengamos de mundos distintos. El arte encuentra su camino, la mirada reconoce lo esencial y la amistad termina uniendo lo que parecía imposible.












