Hay una frase en My Friends, la novela de Fredrik Backman, que me frenó en seco: «la expresión máxima del amor es el regaño; no regañamos a nadie como regañamos a quienes amamos.» Lo primero que pensé fue que tenía razón. Lo segundo, que eso me absolvía de años de conducta materna.
Porque ser mamá implica, entre otras cosas, una capacidad casi sobrehumana de insistir, de repetir, de pinchar. ¿Ya comiste? ¿A qué hora llegas? ¿Te pusiste bloqueador? Preguntas que no buscan información sino que son, en realidad, una forma torpe y ruidosa de decir: me importas, me preocupas, te quiero. No siempre suena así, lo sé; pero en el fondo, eso es lo que son.
Julio Jaramillo al cantar “Ódiame por piedad, yo te lo pido. Ódiame sin medida ni clemencia. Odio quiero más que indiferencia. Porque el rencor hiere menos que el olvido.”, hizo referencia a esa verdad que la psicología tardó mucho en formalizar: el odio hiere, sí, pero la indiferencia destruye. Que alguien se tome la molestia de enojarse con nosotros, de reclamarnos, de pincharnos, eso, paradójicamente, es una señal de que todavía importamos.
John Gottman, quien estudió durante décadas lo que hace que las relaciones funcionen o se rompan, encontró que el enemigo real de los vínculos no es el conflicto sino el desprecio silencioso, esa frialdad que dice que ya no vale la pena ni discutir. El regaño, molesto como es, al menos supone que el otro sigue en el juego.
Claro que hay una línea. El regaño que cuida es muy distinto al control que asfixia, y conviene saber en cuál de los dos estamos. Pero eso es tema para otro día.
Por ahora me quedo con la absolución literaria que me ofreció Fredrik Backman: si regañamos, es porque nos importa, y si nos regañan o reclaman, aún importamos. (O)
@ceciliaugalde





