No puedo empezar esta columna sin antes solidarizarme con los amigos colombianos que han sufrido uno de los más terribles terremotos de los últimos tiempos. Impactan las imágenes de ver edificios desplomarse como castillos de naipes. Vienen los recuerdos del fatal abril de 2016 en Ecuador. En un minuto cambió todo. ¡Adelante, parceros!
A casi nada de cerrarse la inscripción de candidatos para las elecciones seccionales, hice un análisis breve. Me dije. Aguántate un toque. ¿Cómo es eso que de asambleístas ahora brincan para ser elegidos alcaldes, prefectos, concejales o estrellitas de Navidad? ¡Qué notas con eso!
Cuando están en campaña para asambleístas dicen que lucharán por días mejores para los ecuatorianos. Que vigilarán el correcto uso de cada centavo de las arcas públicas y demás lere, lere. Pero en menos de dos años cambian la narrativa y asoman con el cuento de que el pueblo les necesita en sus terruños.
¿Es en serio? ¿O sea que cada dos años cambian de roles? Chuzo, es una pena. Eso sí debería regularse. Mi pana, si eres un “padre” de la patria, quédate ahí tus cuatro años. Bien camellados y bien pagados. Fájate por leyes que favorezcan a la provincia o a la población en general. Eso de andar como pulga de puesto en puesto sí está turro.
Y si hubiera algún vacío legal, tengo la seguridad de que son capaces de pedir vacaciones para participar en la campaña y, si marchan, puedan regresar tranquilamente a su puesto. Sería el colmo. Ya me imagino. “Permiso, mijín, voy a probar suerte para la alcaldía y si no me va bien regreso a la Asamblea”. ¡Qué maravilla!
O sea, comprendo, pero no comparto, esa ilusión de ser el líder de una ciudad. Pero si te dieron un rol, cúmplelo. No lo dejes incompleto por buscar otro carguito. Eso también cae mal a buena parte del electorado.
Al final, los ciudadanos necesitan autoridades que cumplan la palabra, terminen lo que empezaron y se fajen por quienes les dieron el voto. (O)








