Sin desmerecer el significado grandioso de la palabra épico, debo reconocer que recorrer la vía Cuenca–Molleturo–Durán–Guayaquil se ha convertido en un acto casi heroico, que exige experiencia, paciencia y sobre todo un esfuerzo sobrehumano. Una verdadera epopeya de la movilidad en el Ecuador.
No basta con saber conducir. Hay que conocer la ruta y casi aprenderse de memoria dónde están los huecos, los derrumbes, las piedras y las curvas ciegas. Que llevan tanto tiempo sin atención-técnica que los viajeros frecuentes recordamos dónde están porque siguen allí, viaje tras viaje.
Y aunque antes de partir, nos encomendamos a los dioses y a la Virgen del Camino, cada recorrido termina convirtiéndose en una odisea que no siempre garantiza un arribo seguro. Adrenalina; sí, pero una que nadie debería vivir solo por el hecho de trasladarse de una provincia a otra.
Entre la neblina, la lluvia y los enormes brazos de la maquinaria que mueve y remueve la montaña, resulta difícil percibir; no con un ojo sino incluso con los dos, un plan estratégico integral que permita a los viajeros transitar con seguridad y regresar sanos y salvos a sus hogares.
Las sirenas de esta epopeya, no son las de Ulises: son las ambulancias y las grúas que acuden a socorrer a quienes no tuvieron la misma suerte.
A esto, se suman los relatos de asaltos y secuestros en la vía. Además de accidentes y choques múltiples que; por falta de señalización oportuna ante un derrumbe, un embotellamiento o trabajos en la carretera no advierten a tiempo al conductor para que frene.
La epopeya continúa, mientras el gobierno ofrece $21.800 millones de dólares para la rehabilitación de esta vía, aun no vislumbramos progreso ni resultado.
Recemos a que no sean años de espera antes de poder ver las nubes sobre la costa y en paz tocar el mar, sin arriesgar la vida.
Porque viajar por el Ecuador debería ser; más que una hazaña de sobrevivencia, una narración digna que permanezca en la memoria colectiva. (O)










