Épocas orgánicas y críticas (II)

Diversas voces han advertido sobre la problemática de la salud y la educación. Sin embargo, desde los niveles de decisión suele prevalecer el silencio. Reconocer el problema significaría admitir que, en muchos casos, la educación superior ha dejado de ser un instrumento de transformación social para convertirse en una industria de títulos y certificaciones. Mientras el sistema continúe generando beneficios económicos y políticos, poco importará que miles de jóvenes egresen con títulos bajo el brazo y sin un horizonte laboral acorde con sus expectativas.

Las consecuencias de este modelo ya son visibles. Se ha generado una suerte de inflación académica donde abundan las credenciales, pero escasean las oportunidades; proliferan los títulos, pero disminuye la excelencia; crecen las ofertas de posgrado, mientras se debilita la respuesta a los problemas reales. La educación y la salud no pueden seguir sometidas exclusivamente a la lógica del mercado ni a los intereses de grupos que han encontrado en ellas una fuente permanente de poder.

Si las universidades renuncian a su misión histórica de formar ciudadanos críticos, producir conocimiento y orientar el destino colectivo, terminarán convertidas en simples fábricas de títulos. Y cuando una sociedad confunde educación con negocio, conocimiento con mercancía y certificaciones con sabiduría, inicia un proceso de deterioro silencioso que termina afectando a todas sus instituciones.

Las épocas críticas, como advertía Saint-Simon, son momentos decisivos en los que una civilización define su destino. De ellas pueden surgir nuevas formas de desarrollo o prolongados períodos de decadencia. La diferencia radica en la capacidad de reconocer los errores y corregir el rumbo antes de que las instituciones pierdan definitivamente su razón de existir.

La historia enseña que ninguna nación ha alcanzado grandeza duradera cuando el mérito ha sido sustituido por el clientelismo, la excelencia por la mediocridad y el conocimiento por el afán de lucro. Las universidades nacieron para servir a la sociedad y no para servirse de ella. Cuando olvidan esa misión, dejan de ser instrumentos de desarrollo y se convierten en estructuras vacías que sobreviven únicamente por inercia.

Si no se recupera el sentido ético y social de estas instituciones, la crisis dejará de ser una etapa transitoria para transformarse en una condición permanente. Y entonces comprenderemos que las sociedades no se derrumban por falta de recursos ni de talento, sino por la renuncia de sus dirigentes a los principios que les dieron origen. Porque el verdadero fracaso de un pueblo comienza cuando quienes tienen la responsabilidad de orientar su destino prefieren administrar la decadencia antes que asumir el deber de transformarla. (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.