Hace apenas unos años, tomar una fotografía era un acto especial. Se reservaba para los cumpleaños, los viajes importantes o los momentos familiares que queríamos guardar en un álbum. Hoy ocurre algo distinto. Fotografiamos el desayuno, el café de la tarde, la calle por donde caminamos y hasta el concierto al que asistimos. Parecería que ya no basta con vivir una experiencia; sentimos la necesidad de registrarla y compartirla.
El historiador Yuval Harari sostiene que los seres humanos vivimos a través de historias que construimos colectivamente. Quizá por eso las redes sociales se han convertido en una especie de escenario permanente donde cada uno narra su propia versión de la realidad. El problema aparece cuando la necesidad de contar la historia termina siendo más importante que la experiencia misma.
En un concierto, cientos de personas levantan sus teléfonos durante toda la presentación. Están allí físicamente, pero parte de su atención está puesta en grabar un video que tal vez nunca volverán a ver. Lo mismo sucede en los viajes, llegamos a un lugar hermoso y, antes de contemplarlo, buscamos el mejor ángulo para la fotografía. Sin darnos cuenta, convertimos el recuerdo en una publicación.
No se trata de demonizar la tecnología. Las fotografías tienen un enorme valor emocional y permiten conservar momentos que de otra manera desaparecerían. Pero vale la pena preguntarnos si en ocasiones estamos confundiendo memoria con evidencia. Como si aquello que no queda registrado corriera el riesgo de no haber sucedido. Tal vez el desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo sencillo: estar presentes. (O)









