Las elecciones a mitad de un periodo presidencial para cualquier gobierno son un termómetro para medir su aceptación popular.
O el pueblo lo castiga en las urnas por sus políticas a las cuales las considera erráticas; o lo premia por considerar que su gestión resuelve sus problemas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de sufrir una derrota contundente en las elecciones intermedias.
Sus rivales, los demócratas, desde enero de 2027, pasarán a controlar el Congreso, dominado hasta ahora por los republicanos.
Era una derrota prevista dado el constante deterioro de la imagen de Trump cuyas decisiones han puesto a Estados Unidos en mala prédica en el contexto internacional, con repercusiones económicas al interior del país, donde el alto costo de la vida se disparó de manera poco antes vista.
Los demócratas podrán diseñar la agenda legislativa, controlar el presupuesto federal, investigar al Ejecutivo, y hasta bloquear, en el Senado, nombramientos claves del gobierno.
Pronto se verá el rumbo que tome la guerra iniciada por Trump contra Irak, causante del alza indiscriminada de los precios internacionales de los combustibles; igual, de su prédica basada en el concepto “America First”.
Empero, Trump tendrá capacidad de maniobra a través de su poder de veto para bloquear leyes aprobadas por el Congreso y el Senado, en las cuales sus contrarios no alcanzarán los dos tercios para impedirlo.
Pese a la victoria demócrata, la política migratoria del republicano no variará, excepto que decida tras transigir en algo.
El pueblo estadounidense, del cual forman parte millones de inmigrantes legalmente establecidos allí, da una lección a Trump para que rectifique, se baje del pedestal y entienda que gobernar no es imponer, por más que Estados Unidos siga siendo la primera potencia mundial, aunque ni tanto.










