La violencia en redes: ¿cómo impacta la realidad de los adolescentes y qué podemos hacer?

Violencia digital y adolescencia
Cristina León Sánchez sostiene que, “cuidar la salud mental de nuestros adolescentes no es una opción, es una responsabilidad colectiva. / Cortesía

Una alerta sobre un supuesto tiroteo en la Unidad Educativa Garaicoa, difundida esta semana en redes sociales, generó miedo y obligó a suspender las clases presenciales. Más allá de si era real o no, el hecho evidencia cómo lo digital impacta directamente en la vida escolar y en la forma en que los adolescentes se relacionan.
Frente a este escenario, diario El Mercurio conversó con Cristina León Sánchez, psicóloga clínica, máster en victimología y justicia restaurativa y docente de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), para entender qué hay detrás de estos contenidos y cómo influyen en los jóvenes.

¿Cómo se configura hoy una violencia que circula en entornos digitales y termina impactando en la vida real?

Hoy la violencia ha mutado. Es decir, ya no necesita una presencia física para producir un daño. Se configura más desde la repetición constante de contenidos que han normalizado ya esta violencia. El miedo, la intimidación, la agresión, son consideradas hoy en día como formas de interacción. En los adolescentes, la violencia digital muchas de las veces se disfraza de este tipo de humor, de reto y de fondo de esta búsqueda de validación.

Aunque no exista una intención real, ya se están vulnerando los derechos de seguridad emocional. En Ecuador rige el principio de protección integral de niñas, niños y adolescentes, que obliga a prevenir toda forma de violencia, incluso la que se origina en entornos digitales. Esto plantea además un reto para las instituciones educativas y las familias, que deben adaptarse a nuevas formas de riesgo que no siempre son visibles, pero sí profundamente influyentes en la conducta.

¿Qué ocurre en la mente de un adolescente que consume contenidos que banalizan la violencia?

El cerebro adolescente aún está en desarrollo, especialmente en el control de impulsos y la evaluación de consecuencias. Es como un carro de Fórmula 1 con frenos de bicicleta. Esto favorece conductas imitativas, impulsivas y poco reflexivas, muchas veces sin intención de daño, pero marcadas por la necesidad de pertenencia.

Se produce una desensibilización emocional: la violencia deja de percibirse como tragedia y pasa a ser espectáculo o mecanismo de reconocimiento social. Este proceso puede generar una desconexión progresiva con el dolor ajeno, debilitando la empatía y naturalizando escenarios que antes eran motivo de alarma social.

“Hoy la violencia ha mutado. Ya no necesita una presencia física para producir daño; se configura desde la repetición constante de contenidos que la normalizan”

– Cuando esos contenidos se vuelven retos o bromas en la escuela, ¿qué revelan?

Que el miedo se ha convertido en una forma de interacción social. La pertenencia ya no se construye desde la afinidad, sino desde el impacto. Si algo genera tensión, se replica. Esto evidencia vacíos en habilidades socioemocionales y una fuerte influencia de la cultura digital en la identidad adolescente. Además, pone en evidencia que los espacios educativos ya no están aislados de lo digital, sino que funcionan como una extensión de lo que ocurre en redes sociales.

– ¿Cuándo la violencia se vuelve parte del lenguaje cotidiano?

Cuando se repite sin reflexión. Memes, videos o bromas normalizan la violencia, y también cuando los adultos minimizan señales con frases como “son cosas de chicos”, debilitando la prevención y la empatía. Esta repetición constante reduce la capacidad de asombro frente a hechos graves y puede generar tolerancia frente a conductas que deberían ser rechazadas.

– Frente a amenazas que generan miedo colectivo, ¿cómo se aborda el impacto emocional?

Validando el miedo. Aunque no se concrete, el impacto es real. Se requieren protocolos de contención psicológica, comunicación clara y acompañamiento institucional. El miedo colectivo puede generar ansiedad, hipervigilancia e inseguridad; incluso una falsa amenaza constituye una forma de violencia. También es clave evitar la sobreexposición a rumores o información no verificada que intensifique la percepción de riesgo.

“Un adolescente sería como un carro de Fórmula 1 con frenos de bicicleta: no tiene control de sus impulsos ni evaluación de las consecuencias”

¿Qué señales tempranas deben alertar a familias y docentes?

Cambios conductuales abruptos, aislamiento, fascinación por la violencia, bromas sobre daño o muerte, impulsividad, baja tolerancia a la frustración, necesidad excesiva de validación, silencio emocional o dificultad para expresar lo que sienten. A esto se pueden sumar alteraciones en el rendimiento académico o cambios en la forma de relacionarse con sus pares.

¿Qué acompañamiento necesitan los adolescentes?

Más que control, presencia emocional. Supervisar no es invadir, sino acompañar. El hogar debe ser un espacio de diálogo sobre lo que ven y sienten en redes. Los adolescentes necesitan ser escuchados sin miedo a ser juzgados. La confianza se convierte en un elemento clave para prevenir conductas de riesgo y fortalecer vínculos.

– ¿Cómo trabajar con jóvenes que no dimensionan el impacto de sus actos?

A través de la justicia restaurativa, que busca que comprendan el daño, asuman responsabilidad y participen en la reparación. No solo sanciona, sino que genera conciencia. Este enfoque permite transformar el error en aprendizaje y evitar la repetición de conductas.

¿Qué limitaciones tiene centrarse solo en la sanción?

Puede generar aislamiento, silencio y falta de aprendizaje, incluso favorecer que la conducta se oculte y se repita. La intervención debe abordar el origen emocional y social, entendiendo que cada caso responde a contextos distintos que requieren respuestas integrales.

“La violencia deja de ser percibida como tragedia y empieza a ser vista como un espectáculo o como un mecanismo de reconocimiento social”

¿Cómo pasar de una lógica reactiva a preventiva en consejería estudiantil?

Con presencia constante, no solo en crisis. Se debe trabajar en alfabetización emocional, detección temprana, intervención familiar y fortalecimiento de habilidades socioemocionales desde antes de que el problema estalle. La prevención implica anticiparse y no solo reaccionar.

¿Cómo fortalecer el pensamiento crítico en adolescentes?

Enseñándoles a cuestionar lo que consumen. No basta prohibir; es necesario dialogar. El pensamiento crítico se desarrolla cuando pueden analizar consecuencias, identificar riesgos y tomar decisiones conscientes. También es importante fomentar el uso responsable de la tecnología y la verificación de contenidos.

– ¿Cómo influyen contextos de vulnerabilidad o movilidad humana?

Aumentan la necesidad de pertenencia. El desarraigo, la exclusión o experiencias previas de violencia pueden llevar a buscar identidad en espacios de riesgo. Sin contención, la violencia se convierte en forma de expresión y en un canal para visibilizar frustraciones no atendidas.

¿Cómo se reconstruye la estabilidad en una comunidad educativa afectada?

Con información clara, contención emocional y confianza institucional. El silencio aumenta el miedo. La recuperación es colectiva y requiere que la comunidad se sienta acompañada, escuchada y respaldada por sus autoridades.

¿Qué desafíos éticos enfrentan los profesionales?

Evitar la estigmatización y actuar con enfoque de derechos. No criminalizar sin comprender la raíz del problema, manteniendo confidencialidad y responsabilidad técnica. El equilibrio entre intervención y respeto a los derechos es fundamental.

“La sanción sin acompañamiento genera más aislamiento, silencio y no aprendizaje; puede fomentar que esto se oculte y se repita de manera estructurada”

¿Qué cambios urgentes debe asumir el sistema educativo?

Incorporar la salud mental como eje estructural. Se requiere mayor presencia de profesionales, programas de prevención y atención integral. Las escuelas no solo deben formar académicamente, sino sostener emocionalmente. La violencia no nace solo en las aulas, sino también en silencios, pantallas y ausencias emocionales, lo que obliga a repensar el rol educativo en una sociedad cada vez más digitalizada. (I)

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Diego Montalván

Diego Montalván

Editor general. Magíster en Comunicación Estratégica Digital, 21 años en medios impresos, especialista en edición periodística y autor de artículo científico en Media Education (Italia).