Siento el brillo de mis ojos al posarse sobre las colinas vestidas de florecidas retamas y cautivarse por el alegre, festivo y fugaz vuelo de las mariposas anaranjadas, danzando en armonía perfecta la cromática de estos días. El cansancio del cuerpo se disuelve, las largas horas de viaje se transforman en energía renovada, en presencia, en propósito: he llegado a la tierra de los Cañaris, a la llanura florecida como el cielo, a Guapondelig. No son los mejores tiempos para los pobladores de la mitad del mundo, todo está movido, moviéndose en una absurda repetición de errores y equivocaciones históricas, nada tiene sentido, la velocidad de los acontecimientos impide detenernos para comprenderlos. Mientras, el abuso del poder atenta de manera continua y arrogante contra las leyes de la vida y la humanidad, y aunque sus rostros no se olvidarán y sus acciones serán juzgadas en los tribunales de la historia los daños que están provocando deberán encontrarnos fortalecidos como comunidad que camina junto a la vida como energía creadora que ha trascendido el nefasto sentido individualista de una sociedad que pretende consumirnos. (O)





