CON SABOR A MORALEJA
Así pensaba Miguel de Unamuno, gran intelectual que cultivó casi todos los géneros de su época: poesía, novelas, ensayos y teatro. Sus producciones reflejan el interés que tenía por el sentido de la vida humana. Como escritor existencialista, el primero que tuvo España, se mostró interesado por las vivencias, angustias, problemas y tragedias del hombre de carne y hueso.
El filósofo español reflexiona sobre la identidad personal con una de sus citas más conocidas: “Cada uno de nosotros es, en realidad, tres”. Esta idea ahonda en cómo nos percibimos, cómo nos ven los demás y cuál es nuestra verdadera esencia. Aún en la actualidad esta frase polémica sigue plenamente vigente.
El pensamiento de Unamuno aborda una cuestión clave: la construcción del “yo”. Según él, existen tres versiones de cada individuo: la que uno cree ser, la que los demás perciben y la que realmente es. Esta triple dimensión refleja la complejidad de la identidad humana.
En este sentido, la autopercepción puede estar condicionada por creencias, experiencias y expectativas. Sin embargo, la imagen externa, es decir, la que proyectamos hacia los demás, puede diferir notablemente generando conflictos internos y una sensación de desconexión.
Miguel de Unamuno subraya que la visión que tienen los otros de nosotros juega un papel determinante. La sociedad, el entorno y las relaciones personales moldean esa segunda versión del “yo”, que en muchas ocasiones se aleja de la realidad.
El tercer nivel que plantea el filósofo, el “yo verdadero”, es el más difícil de alcanzar. Se trata de una identidad profunda, libre de condicionamientos externos y autoengaños que requiere un ejercicio constante de introspección y autoconocimiento.
La reflexión de Unamuno sigue promoviendo debates hasta nuestros días. En una era marcada por las redes sociales donde la ansiedad por parecerse a otros genera una insatisfacción personal, la que a su vez genera una competencia por tener lo que los demás tienen, acaba por producir una distorsión de quiénes somos como de la imagen proyectada en una pantalla. Por ello, en esta era dominada por las conexiones inalámbricas, la diferencia entre estos tres “yo” resulta más evidente que nunca. (O)


