La inauguración del centro comercial “El Alto” en Cuenca puede leerse como señal de dinamismo económico. Pero también obliga a mirar lo que suele quedar fuera de los discursos de celebración: el costo ambiental, laboral y urbano de este modelo de ciudad.
Cuenca no necesita negar el desarrollo; necesita discutir qué entiende por desarrollo. En tiempos de crisis climática, inundaciones recurrentes, congestión y pérdida de suelo permeable, cada gran edificio debería rendir cuentas sobre su impacto: cuánta energía demanda, cómo gestiona el agua lluvia, cuánto tráfico genera, qué aporta a la movilidad pública, cuánta sombra, vegetación y espacio común devuelve a la ciudad. A esto se suma analizar el destino del centro histórico y su gentrificación.
Tampoco basta con decir que se crean empleos. Hay que preguntar si esos empleos son dignos, estables, con seguridad social, horarios justos y condiciones adecuadas, especialmente para mujeres y jóvenes que suelen sostener el trabajo comercial y de servicios.
El problema no es que Cuenca crezca. El problema es que crezca obedeciendo más al consumo que al cuidado de la vida. Una ciudad no se mide solo por sus vitrinas encendidas, sino por la dignidad de quienes trabajan detrás de ellas y por el aire, el agua y el territorio que deja a quienes en ella viven. (O)
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