Escueleros 70-71

Nada mejor e inolvidable que la amistad surgida en la escuela. Puede prolongarse en el colegio. Con mayor razón en los pueblos chiquitos donde apenas hay (había)  una escuela, un colegio.

Que unos “niños” se reencuentren 56 años después resulta un milagro. Y lo bueno de los milagros es que ha veces ocurren.

No llevaron sus mochilas. Pero es que en esos tiempos no había las tal mochilas. Había los vades, elaborados con cuero. No todos los tenían. 

Tampoco llegaron con sus pelotas de trapo ni con las de cuero, ni con las canecas, ni con los jurupis; peor con los trompos, los aros, los futbolines…

Peor con los fiambres, con el trozo de panela, con el chapo de miel con máchica; con la peseta, el real, o el cinqueño para  comprar helados, alfeñiques, empanadas, la “caquita de perro”, los guineos, los mangos, el pan; ah, el cicatero pan al que pocos accedían, aunque ganas no faltaba de amasar algunos con la harina fiada.

Llegaron los niños que ahora son parte de la “tercera edad”, el eufemismo hipócrita de viejo, como si serlo fuera vergüenza, aun teniendo la dicha de ser parte de dos siglos, de haber comenzado escribiendo con tinta china en cuadernos de dos líneas y en el de caligrafía, ahora en el teclado de un computador.

Arribaron con sus apodos. No los han olvidado. Esos apodos heredados de sus padres; con los puestos por su físico, por sus manías y mañas, porque no podían pronunciar una palabra ni conjugar un verbo, por confundir las letras, por los parecidos, o por las ocurrencias del profesor, que también tenía el suyo.

Llegaron con sus segundos nombres, muchos bien camuflados porque producen asombro, risotadas. Los puso Taita Cura, la comadrona, el familiar encargado de inscribirlos; ah, y los inefables abuelos cuya guía era el santoral de la fecha, el almanaque Bristol.

También llegaron cargando sus “achaques”. Unos han pasado por el quirófano. Otros han enviudado. Unos se han divorciado; otros “siguen firmes”. Cuentan los nietos.  Intercambian recetas, los más raros remedios, las pócimas amargas.

Sobre todo arribaron con ganas infinitas de abrazarse tras 56, 50, 40, 35, 35, 20, 15, 10 años de no haberse visto. Cada quien con sus recuerdos de la niñez ya ida; con los que solo se guardan cuando se es escolar; con los atesorados en un poyo del corazón para los profesores, para los “compañeritos” que se adelantaron; para esa escuela en cuyas aulas compartieron de todo y sigue de pie.

Fueron los escueleros de la Fernando de Aragón (Santa Isabel), promoción 1970-1071, de la cual soy parte.

Hay historias sobre las cuales vale escribir, como quien se mira a la otra orilla de este país que a veces aborrece. (O)

Lcdo. Jorge Durán

Lcdo. Jorge Durán

Periodista, especializado en Investigación exeditor general de Diario El Mercurio