Salto al bagazo

En la hacienda de mi abuelo Luis Elio había un galpón cerca de donde se almacenaba bagazo. Desde el segundo piso, el pequeño montículo que había abajo parecía suficiente protección para mis primos, que saltaban sin pensarlo dos veces. Para mí, ese borde era como el fin del mundo. Al principio me quedé paralizada, hasta que el miedo a perderme la diversión superó al miedo a saltar. Salté. Y no paré.

Años después, en Wisconsin Dells, un tobogán llamado The Point of No Return me devolvió esa misma sensación. La primera vez cuesta. Luego, ya estuve haciendo fila de nuevo.

Dan Koe, en The Art of Focus, llama a esto “estrés táctico”: la decisión consciente de romper con la rutina familiar, colocarnos en una situación límite y reconocer que, muchas veces, lo que más nos detiene no es la falta de capacidad ni las circunstancias, sino el miedo. Esa decisión resulta liberadora porque, si el obstáculo somos nosotros, también parte de la solución está en nosotros.

Este no es un concepto nuevo, se parece mucho a lo que los psicólogos denominan exposición gradual al malestar, o a lo que Mihaly Csikszentmihalyi describía como la zona de flujo, ese espacio donde el desafío supera nuestra zona de confort y nos empuja a crecer. El problema es que a veces esperamos el momento perfecto para saltar, cuando la verdad es que el momento perfecto no existe, solo existe el borde y la decisión.

Se puede sentir de otras maneras, al dejar todo para estudiar lejos, al hablar en defensa de personas o causas cuando nadie más lo hace, al abrir caminos para que otros tengan más oportunidades. En todos los casos, el antes del salto suele ser lo más difícil. El después, casi siempre, vale la pena.

Mirando hacia atrás, casi nunca recordamos el miedo. Recordamos el salto. (O)

@ceciliaugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Comunicadora, doctora en Marketing. Docente e investigadora en la Universidad del Azuay. Ha hecho publicaciones en alfabetización mediática, redes sociales, marca y comportamiento del consumidor.