Solemos referirnos a las ciudades como si tuvieran vida independiente de quienes las habitan, son lo que son por quienes las construyeron, por quienes las cuidan y las hacen crecer, no solo espacialmente sino al volverlas importantes y trascendentes.
La ciudad, mi ciudad, nuestra ciudad, no es un espacio físico inanimado, tiene vida propia –como todas las otras en el mundo-, bulle durante el día al ritmo de las personas que la transitan, suena distinto dependiendo de si los pasos en las aceras son vertiginosos o lentos, si hay más o menos vehículos que se desplazan veloces o respetando los límites establecidos. El cariz de sus días varía como los estados de ánimo de los humanos, al compás del viento, de los ríos, del canto de los pájaros, de las risas, los llantos, los gritos, los silencios, que la alegran, la sobresaltan o la calman.
Es bonita iluminada y abrigada por los rayos del sol, bañada por la lluvia, cobijada por la niebla, refrescada o enfriada por el viento.
Madruga y se recoge como lo hace su gente, nunca descansa, pues acoge a los que se levantan al alba, a los que trasnochan y velan.
Mi ciudad, nuestra ciudad, merece que nos esforcemos en cuidarla. (O)





