Las elecciones presidenciales en Colombia dejan una pregunta incómoda ¿qué ocurre cuando la ciudadanía deja de confiar en los resultados electorales?
No solo pasa en Colombia. En Perú, la elección terminó marcada por denuncias de fraude, pedidos de nulidad y una polarización que fracturó al país. En Ecuador, la segunda vuelta entre Pérez y Lasso dejó cuestionamientos sobre el conteo y una profunda desconfianza institucional. En 2025, la diferencia entre Noboa y González tampoco logró disipar las sospechas de un sector importante de la población.
Lo preocupante es que, en distintos países, parece consolidarse una tendencia: la disputa electoral ya no se libra únicamente en las urnas, sino en la capacidad de instalar una narrativa. Hay candidatos que se proclaman ganadores antes de tiempo, campañas de desinformación que circulan más rápido que los resultados oficiales y poderes económicos y geopolíticos que buscan influir en el rumbo de nuestras democracias.
Las dictaduras de hoy no necesitan tanques en las calles. Se expresan debilitando la confianza pública en las instituciones y normalizando la opacidad. Por eso, contar los votos uno a uno, garantizar observación ciudadana y exigir transparencia no es un trámite burocrático, es una forma de resistencia democrática, de no dejarnos engañar. (O)
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