En la Asamblea Nacional del 2017, debutó como asambleísta provincial por Manabí el ciudadano Daniel Mendoza Arévalo, pintiparado todo él, muy elegante, con un inconfundible aire de ver a los demás del hombro para abajo y patrocinado por el correísmo. Formó parte de los niveles altos de su bancada, pero no sé si contaba con el número telefónico de Bélgica. Durante su desempeño público fue involucrado por asociación ilícita en la construcción del hospital de Pedernales. Había sido, con la venia de funcionarios gubernamentales por supuesto, quién “repartía los naipes” en la construcción de esta casa de salud, tan necesaria en esta época post terremoto, y cuando ya comenzaban a aparecer nuevos ricos, que habían engordado sus bolsillos a costa de la destrucción y el sufrimiento causados por el sismo del 2016.
Mendoza fue destituido por la Asamblea Nacional y luego juzgado por un tribunal penal que determino su culpabilidad en los malos manejos de la construcción hospitalaria. Fue sentenciado y paso varios años en prisión. Cuando todavía formaba parte de la Asamblea, tuvo una iniciativa brillante: ¡formar su propio partido político! Para tan encomiable fin, puso manos a la obra, recolección de firmas, cumplimiento de los reglamentos y leyes respectivas y, surgió una situación que le venía como anillo al dedo, pues en esa misma época, la entonces presidenta del CNE, Diana Atamaint, estaba pasando las de Caín con una amenaza de juicio político en el seno de la Asamblea Nacional. Los medios de comunicación hablaron de una toma y daca flagrante, si Mendoza lograba el apoyo de algunas panas suyas para que se sumen a los apoyos a Atamaint, el CNE se haría, digamos que, de la vista gorda, para pasar por alto cualquier “desliz” que impida la aprobación del flamante partido político. Bingo: Atamaint se salvo del juicio político con algunos votos truchos y Mendoza obtuvo “su” partido.
De un tiempo a esta parte y, corrida alguna agua bajo el puente, un Mendoza tapiñado “le presta” su partido al correísmo para las próximas elecciones, cumpliendo con aquella sabia máxima: árbol que crece torcido, nunca su tronco endereza. (O)








