La consagración de Argentina en México 1986 la celebré con llanto a mis diez años. Los argentinos fueron los mejores del mundo en un campeonato cuyo protagonista fue Diego Armando Maradona. Aún estremece su inolvidable golazo tras gambetear a seis ingleses. Hazaña similar se reeditó en Catar 2022, a favor de los albicelestes, al obtener su tercera copa, de la mano de Leonel Messi. Válido regocijo ante el sentir latinoamericano.
Recuerdo que mi abuelo materno me llevaba al estadio Atahualpa de Quito, para ver al equipo de nuestros amores, que está conformado exclusivamente por jugadores de origen ecuatoriano: orgullo nacional. Por eso, su nombre: El Nacional. Ahí constaté que no es lo mismo el fútbol observado en la televisión, que desde las tribunas.
Con el tiempo, sin duda, el fútbol ha tomado un cariz utilitario en donde el ánimo de lucro prevalece ante la nostálgica práctica amateur del ayer. El profesionalismo y la puesta técnica de este deporte ha desplazado la práctica del balón como mero esparcimiento. Los jugadores son el resultado de la vorágine capitalista, cuya compraventa es el pan de todos los días, en el gran mercado de la negociación futbolera. Una industria que mueve mucho dinero.
Alrededor del fútbol también se revela la idiosincrasia de la gente. Del club. De una nación entera. Sus expectativas y amarguras. Sus delirios y desventuras. Sus diferencias y contrastes. Su afinidad hasta el colmo del fanatismo desbordado. El tedio de los días y el misterio de las noches. Eso que se conoce como identidad colectiva.
Lo que queda en el público para la posteridad es el gol ansiado, la atajada espectacular del portero, el evidente fuera de juego, la sorpresa del contragolpe, la epopeya del equipo chico o calificado menor. Garrincha. Beckenbauer. Platini. Otra vez, Maradona. Historias que contagian de esperanza, como la de Josimar Diaz, conocido como Vozinha, arquero de Cabo Verde, de humildad ejemplar, hoy ya consagrado en el mundo entero a través de las redes sociales. (O)





