Cuando el Estado deja de cuidar

En Ecuador, la guerra contra el crimen se ha convertido también en una guerra contra la pobreza. La militarización se instala con mayor violencia en barrios populares, comunidades indígenas y espacios donde niñas, niños y adolescentes crecen entre operativos, armas, miedo y ausencia de políticas sociales.

El Estado que debería garantizar educación, salud, cuidado aparece principalmente para vigilar, perseguir y castigar. En el primer trimestre de 2026, 148 adolescentes fueron asesinados: una muerte violenta cada 14 horas. Mientras tanto, la respuesta oficial insiste en más militares y estados de excepción.

El caso de Marco Oto Rivera revela que esta violencia no comenzó hoy. Tenía 26 años y murió el 8 de octubre de 2019, después de caer de un puente mientras huía de la represión policial en San Roque. Permaneció durante horas sin atención médica. El paro dejó 9 personas fallecidas, 1.340 heridas y 1.228 detenidas, incluidas adolescentes.

Siete años después, la Alianza por los DDHH denuncia graves irregularidades en la investigación de la muerte de Marco y una sanción ilegítima contra su defensa técnica. La impunidad también es violencia estatal.

Un país que persigue a quienes reclaman, castiga a quienes defienden y abandona a sus guaguas no es un Estado constitucional de derechos. Es un Estado que administra el miedo y decide qué vidas merecen protección. Y casi siempre deja fuera a las mismas: las vidas jóvenes, indígenas, racializadas y empobrecidas. (O)

mi.cordero@sendas.org.ec

Lcda. María Isabel Cordero

Lcda. María Isabel Cordero