En su análisis sobre la mercancía Marx encontró los dos elementos de los que está conformada: el valor de uso o la utilidad de la cosa que sirve para resolver necesidades, y el valor de cambio o la posibilidad de la cosa de ser comprada o vendida en el mercado. Pero la tendencia, dentro del capitalismo, estaría priorizada por el valor de cambio para garantizar la lógica de circulación y acumulación de capital pues, aunque suene paradójico, una cosa demasiado buena supondría un obstáculo a la producción y el consumo. Es aquí donde aparece la obsolescencia programada, es decir el condicionamiento de la producción de las cosas a una lógica de acumulación a través de un deterioro controlado que garantice la renovación de los ciclos de consumo. Si esto es cierto, el desarrollo tecnológico no implicaría necesariamente un progreso, puesto que en algún punto la sofisticación sería ampliamente compatible con la ineficiencia. El potencial de la tecnología debería suponer una ampliación de las capacidades humanas y la innovación, una mejora de la vida, pero cuando sirve para consolidar nuevas formas de dominación y dependencia nos encontramos frente a una suerte de regresión sostenida en la idea de que la tecnología por sí misma es buena. A esto se denomina ideología, una ideología hiperpositivista que solo reconoce como verdadero aquello que puede medirse, dejando de lado la reflexión filosófica, la ética y la política. (O)









