CON SABOR A MORALEJA
Las islas del Mediterráneo no siempre fueron una postal. Fueron cribas de granos, fortalezas, prisiones, refugios de tropas y atalayas desde las que se dominaban las rutas y el viento. Eran los caminos antiguos de piedra entre Asia, África y Europa. Quien contralaba las costas, era el que decidía lo que sucedía.
Ahí se manifiesta una de las leyes inmutables del Mediterráneo. Ninguna ciudad era lo bastante fuerte para defender por sí sola su libertad. Había un problema: casi ninguna confiaba en la de al lado y, mientras trataban de ponerse de acuerdo entre ellas, el enemigo seguía remando. Siempre ha sido necesaria la política, pero en el Mediterráneo, sólo vale cuando la respaldan hombres, barcos, oro o petróleo.
Por eso, las imágenes de miles de marroquíes ingresando en Ceuta, atravesando a nado esas mismas aguas que muchas veces cambiaron el destino de imperios, reviven recuerdos muy antiguos. La ciudad que contempla intranquila el horizonte. La multitud de invasores que llega desde la orilla opuesta. Las órdenes confusas y los gobernantes desconcertados, sin norte. La frontera convertida en escenario político. El mismo mecanismo de antaño. El poder siempre ha sabido mover a los hombres igual que mueve ejércitos y, hoy como ayer, los Estados abren y cierran fronteras con la misma lógica indiferente con la que erigían fortalezas.
El Mediterráneo nos recuerda, impávido, que sus aguas no separan tres continentes; amalgama identidades puras que conviven en sus orillas. Los griegos aprendieron el alfabeto del pueblo fenicio. Roma heredó conocimientos de la antigua Grecia. El islam custodió la herencia clásica y los reinos cristianos hicieron suyos usos, modas y costumbres de Al-Andalus. En aquellas épocas, todos llamaron bárbaros a quienes esperaban en la orilla de enfrente. Y todos, antes o después, fueron los bárbaros de alguien.
La enseñanza histórica no debería quedarse en que “los invasores terminarán anulando la cultura del país que invaden”. Es más compleja y peligrosa que eso. Mientras en los foros de Europa se discute sobre la diplomacia, las fronteras y el derecho a otorgar asilo; el hambre, la desesperación y la demografía siguen expandiéndose. Cuando la democracia no gobierna y canaliza correctamente esas fuerzas, otros toman ventaja de ellas. Ha ocurrido muchas veces, y lamentablemente, el mundo entero vio lo que ocurrió recientemente en Ceuta. (O)




