Las noches de agosto, en la casita de Jadán, a orilla del río y al pie de la colina, entorno boscoso colmado de laberintos de roca, musgo y San Pedros a la sombra de gigantes cipreses, eucaliptos, pinos, alisos, acacias, más plantas nativas y tupido matorral, definitivamente, son muy especiales por el espectáculo de su cielo sembrado de luna, estrellas y constelaciones que generosamente se ofrecen para encanto de mis nietos que, año tras año, son sus asiduos visitantes y tempranos observadores.
Pero la cereza del pastel, a veces, pasado en hechizo de sus inmensos crepúsculos, es el espectáculo de las luciérnagas que al caer la noche llegan, a su apoteosis de contrapuntos de luz en la orilla del rio, intermitentes entre las sombras del bosque y farallones con el canto del río como fondo sonoro a la inmensa negrura y silencio de la noche. Llegan cual explosiones de luz sincrónicas que se toman el entorno en todas las direcciones, como ráfagas que estallan de esplendor, se apagan y reaparecen en otro y otros esplendores en cortos intervalos, casi a la altura de nuestros ojos o sobre nuestras cabezas, como en una danza frenética; abajo y, a ras del suelo, estáticos puntitos de esplendor se anuncian episódicamente que es casi imposible localizarlos y el ambiente se vuelve de luz en correspondencia, “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba…” recuerdo, y nos entregamos a la ilusión absortos. Pasados el estupor y arrobamiento, de regreso en la casita y al calor de un refrigerio y el relato de sus impresiones, explico que hemos asistido al cortejo amoroso de las luciérnagas; ellos desde arriba anunciándose y compitiendo con sus mejores ritmos y galas lumínicas, ellas abajo correspondiendo con sus mejores destellos, rítmica e intermitentemente.
En el horizonte vemos un nido de luz que crece paulatinamente, Deducimos que se trata de un incendio forestal que luego confirman las redes y nos lamentamos por la vegetación, por las luciérnagas y la infinidad de seres vivos habitantes del bosque, del cerro y de la naturaleza que indefensos sucumben al fuego. Recordamos cómo conducirnos en el cerro, en el bosque, en un pastizal y en el campo en general para evitar un incendio forestal. ¿Qué hacer? y ¿qué no hacer?, porque cuidar la naturaleza es tarea de todos. (O)





