“A confesión de parte relevo de prueba”, reza un axioma jurídico usual entre nosotros. Cinco o seis veces he tratado ya este tema y no tengo vergüenza de hacerlo nuevamente porque lo juzgo necesario.
Cuando una sociedad deja de sentirse mal al infringir leyes creadas para mantener valores dentro de una comunidad a la que pertenece, ese instante la sociedad se derrumba y surgen los pequeños y grandes feudos que enarbolan consignas espurreas.
Este servidor de ustedes está por cumplir, en unos días, noventa y un años. Tengo el privilegio de haber nacido en octubre, ocho días después de Julio Jaramillo Laurido. Desde pequeño me acostumbré a sentir enrojecerse mi rostro al decir algo que no era apegado a la verdad. Nunca se confundió la sinceridad con la sinvergüencería. Y … de esta forma y con estas usanzas fue creciendo, en diversas latitudes patrias, gente que ajustaba su proceder a cánones familiares que luego se descubría que tenían una procedencia más allá del ámbito doméstico. La consecuencia fue obvia: no importaba en qué provincia o pueblo se estaba o qué gente se visitaba. Un código íntimo no escrito regulaba su proceder y las familias sabían a qué atenerse.
De un buen tiempo acá, Ecuador ha sido contagiado por un desgaste moral, me atrevo a decir, a nivel nacional. Hemos abierto puertas y compuertas para recibir aquello que nos llega sin analizar su contenido ni procedencia; hemos perdido nuestros códigos conductuales y nos hemos entregado a circunstancias imprevistas que hoy ponen en riesgo nuestra identidad.
Los viejos nos hemos convertido en testigos timoratos del desmoronamiento de la sociedad; buena parte de la juventud ensaya comportamientos reñidos con la moral y tradiciones. Es hora de lanzar un SOS angustioso para detener esta avalancha que pretende arrasar con lo poco de bueno que aún conservamos. (O)





