Hay ciudades que se habitan y otras que se llevan en el alma. Cuenca es la mía: la que me acogió desde la niñez, me vio crecer y me enseñó a caminar libremente por la vida. Aquí sembré mis recuerdos y aquí quisiera cerrar los ojos cuando llegué la hora final. Porque no pertenecemos únicamente a la tierra que nos vio nacer, sino también a aquella que nos abraza, nos forma y termina convirtiéndose en parte inseparable de nuestra historia.
En el día clásico de Cuenca nació mi hija, como si el destino hubiese querido enlazar para siempre mis afectos más profundos con la historia de esta ciudad. Por eso, cada aniversario de su independencia tiene para mí una doble significación: familiar y cívica. Cuenca es mi adolescencia, mi presente y mi última esperanza; la ciudad que me acogió al comenzar la vida y en cuyo regazo quisiera descansar cuando me alcance la eternidad.
Amar a Cuenca no significa solamente admirar sus paisajes, evocar sus glorias o enorgullecerse de sus títulos. Amarla es comprometerse con su presente, reconocer sus problemas y trabajar por un futuro más justo. La verdadera ciudadanía se ejerce defendiendo la libertad, respetando la pluralidad, exigiendo transparencia a quienes gobiernan y asumiendo nuestras propias responsabilidades. Se trata de ser ciudadanos activos, no simples habitantes.
Este 3 de noviembre conmemoramos los 206 años de la independencia de Cuenca, proclamada en 1820. Aquella gesta representa el anhelo de libertad y dignidad de nuestros antepasados. Sin embargo, su significado no puede agotarse en ceremonias, desfiles y discursos. Honrar ese legado exige combatir las nuevas formas de abuso, exclusión y desigualdad que todavía amenazan el bienestar colectivo.
Cuenca, reconocida por su riqueza cultural, su patrimonio y su tradición intelectual, merece autoridades capaces, transparentes, diligentes y honestas. Por ello, debemos votar con conciencia, examinar la trayectoria de los candidatos y desconfiar de las promesas deslumbrantes que no se traducen en hechos. El futuro de la ciudad también depende de nuestras decisiones.
La responsabilidad no recae exclusivamente en los gobernantes, también debemos preguntarnos qué hacemos por Cuenca. Amarla significa respetar los espacios públicos, proteger el patrimonio, solidarizarnos con nuestros vecinos y denunciar aquello que perjudica la convivencia. Reclamar derechos es legítimo, pero cumplir nuestras obligaciones es inexcusable.
Hoy, mi homenaje nace del amor, la preocupación y la esperanza. Cuenca necesita menos indiferencia y más participación; menos promesas y más resultados. ¡Cuenca, amor eterno: que tu libertad siga viva en la conciencia de tus ciudadanos y que tu grandeza se refleje cada día en nuestras acciones! (O)





