Miles de miles, de millones de migrantes irregulares, entre ellos del Ecuador, viven un drama en Estados Unidos. Llegaron en busca de una oportunidad; ahora la ven esfumarse.
No es que antes del gobierno de Donald Trump no había redadas ni deportaciones. Las había. Así lo establecen las leyes migratorias.
Solo que ahora el republicano tensó el hilo de la tolerancia hasta romperlo, habiendo dispuesto que el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) detenga a los “indocumentados” y los deporte a sus países de origen. Y aún de aquellos que tienen sus permisos temporales de trabajo, paguen impuestos, no hayan quebrantado la ley norteamericana, o estén tramitando su regularización.
Son estremecedores los testimonios de ecuatorianos deportados al llegar al país. Han estado presos durante algunos meses en condiciones infrahumanas. No se respetaron sus derechos, como el de la defensa. Es más, dejaron en Estados Unidos a sus esposas, hijos, bienes.
El ICE, como se ha visto en estos días, ni siquiera respeta a la niñez. Llega de improviso, de manera camuflada, en vehículos sin placas; cuando la gente sale del trabajo o de casa. Actúa de manera violenta y hasta racista.
Los migrantes optan por quedarse en casa. Han dejado sus trabajos. Otros se arriesgan. Ruegan a que otros lleven a sus hijos a la escuela, que les compren alimentos. En suma, viven encerrados, con incertidumbre, viendo desvanecerse sus propósitos de vida, incluyendo los de sus familiares que están en Ecuador, a los que sostienen económicamente.
En algunas ciudades se han organizado varios colectivos para ayudar a quienes conviven con el peligro, desde comprándoles alimentos hasta advirtiéndoles la presencia de los agentes del ICE.
Una labor humanitaria, con mayor razón si son del mismo país de origen o continente, toda vez que la inhumanidad y el poder de Trump resultan omnipotentes. No hay quien le haga retroceder.







