Una crónica difundida este martes 5 de abril de 2026 en El Mercurio sobre el desabastecimiento de medicinas e insumos en los hospitales públicos de Cuenca es estremecedora.
No es la primera vez, ni será la última, que sobre semejante crisis se informa con cifras, con testimonios de los familiares de los pacientes, y con gráficas reveladoras de una situación que al Estado no parece inmutarle.
Es inaceptable aceptar que ellos deban gastar grandes cantidades de dinero para comprar medicinas, más todavía si se trata de cirugías, y que de ellas dependa la vida de una persona.
Unos aseguran haber gastado 3.000, otros 300, otros, otros 700, otros 200 dólares, y así, un largo etcétera de cantidades de dinero.
Semejante crisis data de mucho tiempo atrás, mientras todos los procesos emprendidos por el Ministerio de Salud han resultado fallidos. Los que se completaron, lo lograron tras varios meses de espera; pero tampoco suficientes como para tener abastecidas las farmacias de los hospitales.
Los enfermos no solo sufren para obtener un turno para hacerse atender; también los cambios repentinos de estos, la postergación de cirugías, a veces la falta de médicos; y, lo peor de lo peor, la falta de medicinas e insumos.
Si la gente acude a los hospitales públicos es porque su precaria economía no le permite ir a los privados; o, en el último de los casos, con lo poco que tiene termina automedicándose.
Los afiliados al IESS, no porque lo sean, tienen asegurada una atención médica oportuna y de calidad; ni siquiera un turno que no sea para dentro de uno, dos, tres y hasta cuatro meses; tampoco de medicinas.
Justificar expresando que la compra de fármacos depende de compras centralizadas regidas mediante decreto lo que limita la adquisición directa, demuestra cuan ineficaz es el Estado.
Pacientes y sus familiares viven un drama día tras día. ¿Hasta cuándo la indolencia, la indiferencia?


