El proceso interno para escoger candidatos que terciarán en las elecciones previstas para noviembre de 2026 parece revestirse de todo, menos de seriedad y, por consiguiente, de respeto al electorado.
Resulta algo repugnante conocer que precandidaturas o candidaturas en firme se esfumen en cuestión de pocas horas.
Aspirantes a alcaldías y prefecturas anunciados con mucha parafernalia, se sobrentiende luego de elecciones primarias, a última hora son dejados a un lado por la dirigencia de sus organizaciones políticas.
En varios casos, demostrando falta de personalidad política aceptan ese vejamen a cambio de ser candidatos, por ejemplo, para alcaldes de otras ciudades, como si estas fueran un botín y sus habitantes simples maniquíes
En otros, habiéndose comprometido para representar a una determinada organización política, de un día para otro cambian de parecer y van por otra.
No hay principios, ni pudor siquiera; menos vergüenza propia, con lo cual reflejan bajeza moral, oportunismo y hasta poca altura política.
Igual ocurre con las alianzas políticas. Unas, ya consolidadas y hasta escogidos los precandidatos se rompen en cuestión de horas; otras, no pueden sellarse por desacuerdos variopintos.
Es que tampoco esas alianzas se nutren de principios transparentes, tampoco de objetivos precisos, cuando menos para lograr los votos suficientes que les sirvan, no tanto para ganar, sí para sobrevivir en el registro electoral.
Ciertas candidaturas y alianzas no son más que ensayos que se diluyen ni bien conocer la reacción ciudadana a través de las redes sociales, capaces de hasta hacer torcer los resultados de un concurso público, obviamente a conveniencia del poder que lo convoca, no así cuando le echan en la cara las verdades.
Así, imposible pedir que la ciudadanía no se muestre apática ante las elecciones seccionales, pese que elegirá a los que la gobiernen desde lo local.


