Carmela Llivipuma Pulla, mantenedora del Pase del Niño Viajero, abre las puertas de su casa para mostrar cómo prepara el tradicional pan con el que cada año invita a la multitudinaria pasada. En entrevista con El Mercurio, a 53 días del Pase del Niño Viajero, recuerda cómo se vivía esta celebración en el pasado, explica cómo mantiene la tradición heredada de su madre y su abuela y reflexiona sobre el futuro de esta manifestación de fe en Cuenca.
– ¿Cómo mantiene la tradición del pan del Niño Viajero que heredó de su madre y su abuela?
A pesar de que antes no me gustaba, he puesto todo el amor con el que mi madre sabía hacerlo. El horno es muy antiguo y, mientras Dios quiera, seguiremos utilizándolo. Todas las cosas de mi madre están intactas y no se ha perdido nada. Desde julio o agosto comenzamos a invitar a la gente para el Pase del Niño. Vienen familias de Quito, Loja, Ambato y hasta de Estados Unidos. Mi madre velaba al Niño la víspera del Pase y yo hago lo mismo. No tenemos directivas; nos unimos por cariño. Los padres fueron mantenedores y ahora seguimos los hijos y los nietos. También están las familias Cornejo y Ortiz, entre otras.
Mi madre y mi abuela decían que no era un refrigerio, sino el pan del Niño y la chicha del Niño. Por eso no mezquino un pan a nadie. Si alguien me dice que quiere llevarlo a una persona enferma, le digo que sí, porque si es de él, para él es. Todo el que pasa lleva un pan. Todos colaboramos. Yo tengo el horno y sé cómo hacerlo, pero hay amigos, compadres y devotos que también ayudan. No hay rivalidad.

– ¿Qué ha aprendido de las familias y devotos que colaboran con la preparación del pan del Niño?
Ya tenía algunas nociones por mi mamá, pero con el tiempo esas personas se han convertido en mis compadres y amigos. Mi mamá era comadre de todos y yo he heredado ese don de hacer amigos. Tengo una linda amistad con muchas familias que quieren al Niño.
A quienes invito les digo que no quiero dinero: que me traigan un cohete o un globo para el Niño durante la velación. Todos están comprometidos porque todos quieren al Niño.
– ¿Por qué la preparación del pan del Niño es un acto de fe y devoción?
Primeramente, es una fe y una devoción. Después, es un trabajo muy duro. Mi mamá no tenía las máquinas que tengo ahora, pero las recetas no han cambiado: no les mermo ni les pongo más. Las máquinas me ayudan y necesito gente que me acompañe.
Desde el 10 de diciembre estamos haciendo pan. La chicha la preparan devotos. Mi tío Cesáreo fue un gran devoto, como mi mamá, y también ayudó la señora Beatriz Álvarez. La hija de mi tío continúa haciendo la chicha. Nosotros también la hacemos con la familia Villacís, de manera artesanal, como antiguamente. Ellos vienen con las ollas de chicha, se colocan a nuestro lado y repartimos pan y chicha. Lo hacen por la devoción que heredaron de sus familias.
El día del Pase estamos desde las cinco de la mañana llevando las cosas para ubicarnos. La entrega comienza a las once. Todo lo hacemos por devoción, por amor y cariño al Niño.
– ¿Ha pensado en dejar de preparar el pan del Niño y comprarlo?
Claro que sí. Los años ya me están cayendo encima y es pesado. Pero todo lo pongo en manos de Dios. Nadie lo hace como nosotros porque es una tradición. Los mismos panaderos me dicen: “Señora Carmela, no sale como usted lo hace”. Tenemos el horno de leña y mantenemos la forma tradicional. Muchas personas me han dicho que enseñe a los jóvenes. Yo les digo que vengan, que vean cómo lo hago y aprendan. Pero aprender también depende del querer de cada uno. Mi mamá me dejó una frase muy fuerte: no le dejarás al Niño.
– ¿Cómo asumió la responsabilidad de mantener el Pase del Niño Viajero, una tradición familiar reconocida por Cuenca?
Mi abuela y mi mamá infundieron esta devoción. Nosotros solamente somos un legado. Hay muchas raíces: Margarita Cornejo, los señores Ortiz, Carmen Orquera, el capitán Orquera, la señora Orellana, de Yanuncay, y muchas otras personas. Ellos vienen a bailar en la velación y continuarán mientras Dios quiera. Si alguien sigue esta tradición, mejor. Yo me he de morir, pero el Niño no se ha de morir nunca.

– ¿Qué significó para usted ser reconocida en 2025 como una de las guardianas de la tradición del Pase del Niño Viajero?
Me llegó como un cariño por el reconocimiento al trabajo, porque eso no lo hace cualquiera. Sentí en el corazón un agradecimiento a la gente. Yo le decía al Niño: “Vos has permitido esto”. Lo recibí con cariño y humildad, porque no me considero la máxima. Quienes me conocen saben que en mi casa son bien recibidos. Mi casa es una chiquita, pero para mí es una mansión porque le tengo aquí al Niño.
– ¿El Pase del Niño Viajero depende de una figura central o de muchas personas que mantienen viva la tradición?
Hay algunas personas que sostienen al Niño. Está la señora Aida Bustos de Barrera, quien acompañaba a mi mamá cuando iba a invitar a los pueblos y aldeas lejanas. También Luz María González y muchas otras personas que todavía existen. Son los renacientes.
Nos conocemos y nos unimos. A pesar de los años, hacen sus agasajos para el Niño, para la pasada y para los carros alegóricos. Esos carros ya no existen como antes. Los mayorales que venían de Yanuncay eran elegantes y muy apreciados, pero ya no hay muchos.
– ¿Qué ha cambiado en el Pase del Niño Viajero desde su infancia y qué le alegra de esa transformación?
Todo tiene su tiempo y su modernidad. Cuando yo era niña éramos puros niños; ahora las familias acompañan al Niño, participan vecinos y muchas personas. Pero yo creo que sigue siendo una devoción, porque es al Niño, no a mí ni a nadie.
Mi mamá decía que, aunque no tengan, salgan con las guaguas vestidas de blanco o de angelitos, botando florecitas al Niño. Ahora también vienen personas con flores y nosotros hacemos chagrillo para la velación. Lo importante es que él reciba nuestra fe.
Me alegra mucho ver la unión de las familias, los barrios y las instituciones. En la velación vienen personas de Malima, del cantón Paute, con flores y chicas que vienen a bailarle. También viene una comadre de mi mamá desde Estados Unidos. Ya no tiene hijos y se reviste de mayorala para salir con el Niño. Es una devoción.

– ¿Qué aspectos de los cambios en el Pase del Niño Viajero le producen nostalgia?
Sí, a veces siento añoranza porque ya no están quienes estaban antes. Pero donde quiera que estén, estoy segura de que han de estar bien. Era una devoción de corazón, no una devoción de apariencia. Creo que nos han de ver desde donde estén y han de estar alegres.
– ¿Dónde debe estar el límite entre la devoción religiosa y el espectáculo durante el Pase del Niño Viajero?
Siempre debe haber un límite. Nosotros conversamos con el monseñor y él nos ha llamado la atención. Las nuevas generaciones quieren salir de payasos, españoles y tantas otras cosas. El monseñor dice que eso no es del Niño. Yo también he infundido que no saquen cosas que no correspondan. Que salgan de pastores, que hagan un carrito, pero en honor al Niño y relacionado con la Biblia y el nacimiento. Nosotros nos regimos a la Biblia. A veces me da pena ver ciertas cosas, pero a la multitud, ¿cómo se le puede parar? No se puede, porque es el pueblo.
– ¿Cómo se mantiene la devoción al Pase del Niño Viajero entre los cuencanos que emigraron a Estados Unidos?
Hay mucha gente que lo sigue. Hicieron una réplica preciosa del Niño y la llevaron a Queens. Me han querido llevar para hacerle la pasada allá y ellos lo hacen tal como aquí. Una devota, hija de mi mamá, le manda el vestido de todos los años. Tengo 22 vestidos del Niño que ella ha enviado y dice que lo hará hasta su muerte. Ellos mantienen esa devoción.
– ¿Qué significaría para Cuenca que el Pase del Niño Viajero obtenga un reconocimiento internacional?
Dios es uno solo. Ni aquí ni en todo el mundo. Yo creo que en todo el mundo tienen devoción al Niño. Para mí es más religioso que popular. Algunos lo toman de diferentes maneras, pero yo lo tomo como religioso. Dios es uno solo y él nació una sola vez. Es como el cumpleaños de una persona: cada año recordamos la fecha y celebramos. Así hacemos cada año con el Niñito, con devoción y amor, para que nos reciba a todos.
– ¿Qué deberían hacer las instituciones para proteger el Pase del Niño Viajero y garantizar su continuidad?
Que se unieran. Mientras más unión haya, más se conserva. Yo no soy eterna. Puede ser que mañana me muera y quede alguien que mantenga la unión para que la tradición no muera. Ya están los renacientes, quienes vienen viendo cómo se hace. Solo Dios sabrá quién continuará. Tengo mis hijos, pero no sé. También hay personas que están a mi lado y están viendo cómo es, y pueden hacerlo. Para Dios nada es imposible. Dios puede escoger, como me escogió a mí, a pesar de que al principio no me gustaba mucho. Nadie somos eternos, pero dejamos un legado de devoción y cariño al Niño.
VIDEO: El mensaje de Carmela Llivipuma
– ¿Qué debería aprender una nueva generación para mantener viva la tradición del Pase del Niño Viajero?
Yo creo que dialogar. Conversando las cosas sí se hacen. Nosotros hemos dado lo que hemos podido, pero puede llegar una conversación que se transmita y haga que esto sea permanente como ahora. Todo será lo que Dios disponga y nos dé ese cariño para él, porque todos necesitamos de él.
– ¿Qué quisiera que recuerde una nueva generación de su legado en la preparación del pan del Niño?
Un amor para darle a él, un cariño y dedicación. Ahí entra todo, desde la devoción, el amor, el cariño y la voluntad para poder entrar y hacer lo que yo hago. Yo todavía hago lo que hicieron mi abuela y mi madre. Es duro, muy duro, pero para Dios nada es imposible.
Y a todos los que leen el periódico les mando un saludo y una cordial invitación para que acudan el día 24 a la pasada del Niñito. Habrá un pancito para todos y una chicha. La entrega será desde las 11 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Es cansado, pero tengo personas, familias y amigos que me acompañan. Unos vienen unas horas y otros los reemplazan. Ni siquiera podemos hacer un almuerzo, pero hay gente bondadosa que nos manda comida para quienes están ayudando. Que Dios les pague a esas personas. Les esperamos para que sea una fiesta más grandiosa y un homenaje al dueño de la vida. (I)
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