El mismo trazo, distintas almas

Existen ciudades que nos acogen… y otras que simplemente nos hablan al alma.
Porque hay ciudades que tienen vida propia. Está en el viento que las envuelve, en los rayos de luz que atraviesan sus tejados, en el sonido de la lluvia sobre sus calles…
Cuenca es una de ellas.
Sentada en una banca de madera en el Parque Calderón, mientras contemplo el rosetón de la catedral vieja, me traslado imaginariamente en el tiempo y, por un momento, me siento en el siglo XVI, vestida a la usanza entre españoles, criollos y nativos suramericanos que dieron origen a esta hermosa ciudad.
Y entonces, casi sin darme cuenta, Cuenca empieza a ordenarse ante mis ojos. La plaza central como punto de encuentro, la catedral elevándose frente a ella, el poder civil resguardado a un costado y los portales abiertos al comercio y a la vida cotidiana.
Un trazo que no es casual. Un lenguaje arquitectónico que se repite.
Ese mismo diseño, tan familiar, me lleva lejos, sin moverme de la banca donde estoy sentada. Me veo caminando por Antigua Guatemala, cruzando plazas en Guadalajara, perdiéndome entre la historia viva de ciudades que también me han hablado al alma… y, casi sin esfuerzo,
aparezco en Sevilla, en alguna “piazza” italiana, en rincones de Europa donde el tiempo parece haberse detenido. Distintas ciudades, distintos continentes y, sin embargo, un trazo similar que las hermana en el tiempo y en ciertas costumbres, como si todas compartieran un idioma
común que atraviesa siglos y fronteras.
Es que las ciudades más antiguas no nacieron por casualidad. Nacieron donde había agua, donde había ríos que les daban vida y las conectaban hacia el futuro. El Sena atravesando París. Las aguas del Tíber en Roma. La brisa del Manzanares al paso por Madrid. Los ríos no
son una coincidencia ni una simple conexión: han sido una bendición. ¡Cuántas bendiciones tiene Cuenca con sus cuatro ríos!
También, ese mismo trazo, el ambiente de fiesta diaria y el agua, me transportan a otras ciudades de ensueño en América, fundadas hace siglos y aún guardianas de un aire ancestral. San Agustín, la ciudad más antigua de los Estados Unidos, donde persiste el espíritu español
en sus calles, sus iglesias y hasta en el nombre de su río, Matanzas, en el aire latino de su gente y el pulso del Atlántico.
Al mismo tiempo, me nace imaginarme caminando de nuevo por la ciudad de las murallas, la hermosa Cartagena de Indias, que, entre balcones con buganvilias y olor a Caribe, se vuelve un remanso de alegría y paz que atraviesa el corazón con la sonrisa de su gente.
Las ciudades antiguas, las coloniales, como todas las demás, no son únicamente trazos, piedras, campanas y ríos. Son, ante todo, el calor de quienes las habitan. Son ellos quienes las hacen grandes, inolvidables e inmortales.
Es entonces cuando regreso, casi sin darme cuenta, a la banca del Parque Calderón. El rosetón sigue ahí, imperturbable, mientras la ciudad continúa su vida con la misma calma que la ha sostenido durante siglos.
Cuenca no solo conserva su arquitectura, sus ríos y sus plazas. Ha sabido guardar su alma, latiendo en el corazón de los Andes, mientras la ciudad respira entre lo antiguo y lo nuevo, sin perder su esencia.
En la semana de su aniversario, la saludo con la certeza de que hay ciudades que cambian con el tiempo… y otras, como ella, permanecen intactas en lo que las hace únicas.
Porque hay ciudades que no solo se habitan… se sienten. Y Cuenca, sin duda, acoge también con ese calor humano que la hace única y, de algún modo, eterna.
¡Que viva Cuenca!

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.