A tres meses de la salida de Nicolás Maduro, Venezuela atraviesa una etapa de transformaciones visibles, pero también de profundas continuidades. En Caracas, vitrinas abastecidas, mayor circulación de bienes y actividad comercial contrastan con una economía aún desordenada, marcada por inflación elevada, desigualdad extrema y una transición que no termina de consolidarse.
Una economía que dejó atrás el efectivo

El bolívar ha perdido su rol como referencia. La inflación continúa erosionando su valor y los precios cambian constantemente. En la práctica, el efectivo casi ha desaparecido.
La economía funciona a través de pagos móviles, transferencias, billeteras digitales y un uso extendido de criptomonedas como USDT. Comerciantes fijan precios en dólares o euros, pero cobran en bolívares según la tasa del momento, en un sistema donde conviven múltiples tipos de cambio.
Incluso servicios y tasas se fijan directamente en divisas. Venezuela opera como una economía dolarizada, pero sin estabilidad ni regulación clara.
Precios altos, ingresos mínimos
El costo de vida se ubica por encima del de varios países de la región. Una arepa puede costar entre ocho y diez dólares. Un cartón de huevos ronda los diez dólares.
Pero los ingresos no acompañan. El salario mínimo es de ciento treinta bolívares mensuales, lo que equivale aproximadamente a cero coma veintisiete dólares al mes. En ese contexto, la población ha pasado a depender de bonos estatales de cincuenta o cien dólares que se entregan de forma irregular, sin previo aviso ni posibilidad de planificación.
El valor de los productos varía constantemente. Un alimento básico puede pasar de veinticinco a cuarenta dólares en pocos días. La cotización del dólar se revisa a diario, incluso varias veces al día.
¿Cómo se sostiene la población? La respuesta es múltiple: remesas, trabajos informales y familias que se organizan colectivamente para cubrir necesidades básicas.
El fin de la red social
Los programas sociales que caracterizaron a la llamada revolución del siglo veintiuno han desaparecido casi por completo. Sin los ingresos sostenidos de la renta petrolera, el modelo de subsidios masivos dejó de ser viable.
Hoy, la asistencia estatal es fragmentada e impredecible. Los bonos sustituyen parcialmente a las antiguas políticas sociales, pero sin alcance ni estabilidad.
Riqueza concentrada
En zonas como Las Mercedes, en Caracas, concesionarios de lujo, restaurantes exclusivos y comercios de alto nivel evidencian que el país conserva focos de riqueza.
En una misma calle, vehículos de alta gama circulan mientras otras personas buscan comida entre desechos o intentan vender lo que encuentran.
La desigualdad es visible: pocos acceden a ese nivel de consumo, mientras la mayoría permanece en condiciones precarias.
Ciudades deterioradas

El impacto económico se refleja en el entorno urbano. Viviendas de clase media muestran deterioro progresivo: fachadas sin mantenimiento, estructuras dañadas, espacios abandonados.
La decisión es directa: comer o mantener la vivienda.
A esto se suma el efecto de la migración. Muchas propiedades quedaron bajo el cuidado de terceros y, con el tiempo, algunas fueron ocupadas, saqueadas o deterioradas. Quienes regresan enfrentan la pérdida parcial o total de sus hogares.
Servicios en crisis
En gran parte del país, los cortes eléctricos se extienden entre cuatro y ocho horas diarias, sin aviso. Esto afecta la vida cotidiana, la actividad económica y las condiciones sanitarias.
En zonas rurales, la falta de electricidad compromete la conservación de alimentos y medicamentos, en un contexto de altas temperaturas.
En Caracas, en cambio, el problema es el agua. Sectores completos pueden pasar días sin suministro.
Salud: sin cambios sustanciales
El sistema de salud continúa en crisis. Persisten la escasez de medicamentos, la falta de insumos y la ausencia de personal médico, consecuencia de la migración masiva.
En muchos hospitales, estudiantes asumen funciones clave. La atención sigue siendo limitada y los casos críticos no siempre reciben tratamiento oportuno. Pacientes continúan muriendo en los pasillos por falta de atención.
La expectativa de un aumento en la ayuda humanitaria tras el tres de enero no se ha materializado en la escala necesaria.
Profesionales fuera de su área
La crisis obligó a miles de profesionales a reinventarse.
Una pareja de geofísicos, formada en una de las principales universidades del país, pasó los años dos mil veinticuatro y dos mil veinticinco vendiendo productos para subsistir. Tras el cambio político, aseguran haber iniciado conversaciones con empresas transnacionales ante una eventual reactivación petrolera, con la expectativa de volver a ejercer.
En otro caso, una profesora universitaria de farmacia de la Universidad Central de Venezuela encontró en la lectura del péndulo una fuente de ingresos. Su salario académico es insuficiente para cubrir sus necesidades básicas. Aun así, decidió regresar desde Estados Unidos, impulsada por la esperanza de una mejora en las condiciones salariales.
El petróleo y la incógnita
La industria petrolera comienza a reactivarse. Hay interés internacional y señales de inversión.
Sin embargo, persiste una interrogante estructural: el destino de esos recursos. Como en los últimos veintisiete años, el impacto del petróleo no se refleja en la vida cotidiana de la población.
La desconexión entre riqueza generada y bienestar social sigue siendo uno de los rasgos más persistentes del país.
Un paisaje político que cambia
En el espacio público también hay transformaciones. El rojo asociado al chavismo ha ido desapareciendo de edificios y murales.
En su lugar, aumentan las piezas de propaganda vinculadas a una posible candidatura de Delcy Rodríguez. En contraste, las consignas como Free Maduro o Free Cilia prácticamente han desaparecido del paisaje urbano. No hay señales visibles de reivindicación.
El pasado reciente parece diluirse sin mayor resistencia.
El miedo permanece

A pesar de los cambios, hay una constante que atraviesa la vida cotidiana: el miedo. La mayoría de las personas evita identificarse o ser fotografiada. No se dan nombres. Las conversaciones ocurren en voz baja, incluso en espacios públicos. Hay palabras que no se dicen, ni siquiera en mensajes privados. Términos como “dictador” o referencias directas al poder siguen siendo evitados.
El temor a represalias y a convertirse en un preso político no ha desaparecido. Por el contrario, parece haberse internalizado.
No es un miedo visible, pero sí aprendido. Está en la forma de hablar, en lo que se omite, en lo que no se escribe.
Entre el miedo y la esperanza
Y, sin embargo, hay algo que persiste con la misma fuerza: la actitud del venezolano.
En medio de la precariedad, de los salarios insuficientes, de los servicios colapsados y de la incertidumbre, se mantiene una disposición que se repite una y otra vez: “pa’ lante es pa’ allá”.
Es una forma de resistencia cotidiana. De seguir, incluso cuando no hay garantías.
Muchas personas, aun enfrentando las condiciones más difíciles, insisten en un mensaje: que el país va a salir adelante, que este momento es transitorio, que Venezuela puede reconstruirse.
Se escucha en la calle, en conversaciones breves, en despedidas: “vuelvan”, “aquí los esperamos”, “esto va a mejorar”.
Venezuela sigue siendo un país atravesado por el miedo, pero también por una resiliencia que no se ha quebrado.
Y es en esa tensión —entre lo que duele y lo que se espera— donde hoy se sostiene su futuro. (I)
Datos de interés:
- El salario mínimo es de ciento treinta bolívares mensuales, equivalente a cero coma veintisiete dólares, en un país donde una arepa puede costar hasta diez dólares.
- Los cortes eléctricos duran entre cuatro y ocho horas diarias en gran parte del país, sin aviso previo, afectando la vida cotidiana, la economía doméstica y la conservación de medicamentos.
- Un producto básico puede subir de veinticinco a cuarenta dólares en pocos días, mientras la población depende de bonos estatales de cincuenta o cien dólares entregados sin previo aviso.
Por: Karla Sánchez Arismendi
Desde Caracas-Venezuela
Especial para El Mercurio












