El primer Mundial del que tengo memoria es Argentina 78. Y no lo recuerdo a lo lejos por las selecciones, ni los partidos, mucho menos por los goles… sino por una imagen. Y, curiosamente, lo que quedó grabado en mi mente fue su mascota: un pequeño gauchito sonriente, con sombrero, pañuelo al cuello y una energía que parecía salir de la pantalla. Para una niña pequeña, en medio de la fiebre mundialista, creo que recordar un muñequito gracioso es lo más natural.
Tal vez porque a esa edad uno no entiende de tácticas, ni de alineaciones… pero sí entiende de símbolos, de alegría y que algo muy importante está moviendo a la gente.
Después vino España 82 y su mascota, el famosísimo Naranjito que fue protagonista de muchos sobrenombres a compañeros de colegio y vecinos en quienes predominaba la línea curva. Ocurrencias de niños sin filtro. Sin embargo, la emoción del mundial era comprendida por nuestros maestros y directores, por lo que nos dejaban poner una televisión en la sala de usos múltiples y disfrutar de la fiesta futbolera.
Y así, sin darnos cuenta, el Mundial se fue convirtiendo en algo más que fútbol. Era una excusa para reunirnos, para compartir, para sentirnos parte de algo que iba más allá de nuestra casa, de nuestro barrio o incluso de nuestro país.
En cada edición, cambiaban las sedes, los jugadores, los uniformes… pero había algo que permanecía intacto: la emoción colectiva. Las calles que se vaciaban durante un partido importante, los gritos que atravesaban paredes, los abrazos entre desconocidos después de un gol.
Con el tiempo, uno empieza a entender el juego. Aprende de tácticas, de estrategias, de rivalidades históricas. Pero, curiosamente, lo que más permanece no siempre es lo técnico… sino lo humano.
Después llegó Italia 90. Y para entonces, yo ya no era una niña. Era una jovencita… y el Mundial empezó a significar algo distinto. No me interesaban tanto los partidos como quienes los jugaban.
Recuerdo especialmente a los italianos, que me parecían increíblemente elegantes. Y entre todos, había uno que acaparaba por completo mi atención: Walter Zenga, el portero de la selección italiana. Años después supe que incluso había marcado un récord de imbatibilidad en un Mundial. Pero en ese momento, lo único que sabía era que no quería perderme ni un solo partido en el que él estuviera en la cancha.
Hubo un gesto que terminó de sellar ese recuerdo. Una de mis cuñadas, italiana, viajó a su país y, gracias a un familiar que jugaba en el Lecce, logró conseguirme una tarjeta firmada por él.
Para mí, en ese entonces, fue uno de los regalos más grandes.
Porque el Mundial no es solo lo que ocurre en la cancha. Es lo que ocurre alrededor de ella. Es la señora que no sabe de fútbol, pero igual pregunta cómo va el partido. Es el niño que se pinta la cara con los colores de su selección. Es el vecino que pone la televisión a todo volumen y, sin querer, convierte su sala en la de todos.
Es también ese momento en el que, por unos días, el mundo parece detenerse lo suficiente como para coincidir en algo tan simple como un balón rodando.
En una época donde todo parece dividirnos con facilidad, el Mundial logra, al menos por un instante, reunirnos en una misma emoción. No importa el idioma, la cultura o la distancia. Durante noventa minutos, millones de personas sienten lo mismo, al mismo tiempo.
Y tal vez por eso, más allá de los resultados, cada quien guarda su propio Mundial.
No el que ganó tal selección o el que marcó tal jugador…sino el que vivió.
El de su infancia.
El de sus amigos.
El de su familia.
El que, sin darse cuenta, se quedó a vivir dentro de uno.
Porque al final… El Mundial no es solo un evento deportivo. Es un recuerdo compartido.
Como muchos de los momentos que realmente importan, no se mide en goles…sino en emociones.
Y hoy, viendo un nuevo Mundial acercarse, no puedo evitar pensar en lo que significa vivirlo desde distintos lugares. No es lo mismo seguir un partido en un país donde el fútbol es un espectáculo… que en uno donde es una celebración.
Puedo imaginar la emoción de los ecuatorianos en su quinta participación mundialista. Las calles, las banderas, los encuentros improvisados, los abrazos entre desconocidos. Porque en América Latina, el fútbol no se ve… se vive.
Se canta, se baila, se comparte. Se convierte en excusa para reunirse, para celebrar, para gritar un gol con el alma, como si en ese instante todo lo demás dejara de importar.
Tal vez, por unos días, buena parte del mundo logra hacer una pausa. Se dejan de lado las tensiones, las preocupaciones, incluso las noticias que pesan… y se entra, aunque sea brevemente, en la fiesta del Mundial.
Y tal vez esa es la gran diferencia.
Porque el Mundial, más allá de lo que ocurre en la cancha, es una forma de sentir en comunidad.
Y vivirlo en un lugar donde esa emoción se comparte sin reservas… es, sin duda, otra experiencia.







