No sé dónde aprendió el oficio mi bisabuelo materno. Ignoro si asistió a alguna escuela o si heredó aquel conocimiento de alguien más. Lo único que sé es que era boticario y preparaba medicamentos cuando las farmacias todavía eran un lujo reservado para las grandes ciudades.
Parte de ese conocimiento llegó hasta mi abuelita. Nunca se presentó como curandera. Era, simplemente, una mujer que conocía las plantas medicinales, preparaba remedios caseros y ayudaba a aliviar dolores, problemas digestivos, desnutrición y otros males cotidianos. Muchas personas del pueblo acudían a pedirle ayuda. Y, como ocurre con tantos curanderos de provincia, a quienes muchas veces les pagan con un poco de maíz, unos huevos, una gallina o simplemente con un «Que Dios se lo pague», ella nunca se negó a atender a quien llamara a su puerta.
Tal vez por eso, desde niña aprendí a sentir un profundo respeto por quienes dedican su vida a aliviar el sufrimiento ajeno, aun cuando en la pared de su casa no cuelgue un diploma universitario.
En América Latina existen personajes que forman parte de nuestra memoria colectiva: la partera, el yerbero, el curandero, el sobador o el soba-huesos. Son hombres y mujeres cuyo conocimiento ha pasado de generación en generación y cuya labor sigue siendo indispensable en muchas comunidades donde la atención médica no siempre está al alcance de todos.
Como periodista de investigación y productora, he tenido la fortuna de conocer a varios de ellos. Uno fue don Pedrito, un famoso sobador de Guatemala. Su casa estaba llena de muletas, yesos y férulas colgados en las paredes, como si cada uno contara la historia de alguien que había recuperado la movilidad o vuelto a caminar. Entre las muchas dolencias que aseguraba aliviar, decía curar los problemas testiculares. Su tratamiento consistía en colgar a los hombres completamente de cabeza y, desde esa posición, sobar los muslos en dirección a la entrepierna. Ver la absoluta convicción con la que explicaba el procedimiento era, por sí solo, una experiencia inolvidable.
Años después, en Estados Unidos, conocí a un sobador salvadoreño del que me habían hablado varios amigos. Trabajaba con lo que tenía a la mano: aceite vegetal, alcanfor y vendas improvisadas con pedazos de tela. Lo curioso era que todos salían de su casa sintiéndose mucho mejor, aunque el tratamiento hubiera sido, literalmente, sin anestesia.
Todavía hoy sigo haciéndome la misma pregunta. ¿De dónde proviene ese conocimiento? ¿Cómo aprendieron algunos de ellos a reconocer una torcedura, una luxación o un hueso fuera de lugar? ¿Quién les enseñó? ¿Y quién enseñó a quienes fueron sus maestros?
No tengo todas las respuestas. Sí sé, en cambio, que el conocimiento también puede heredarse, igual que una receta familiar, una canción o un oficio.
Siempre me llamó la atención que, en muchas universidades de México, el título profesional continúe siendo Médico Cirujano y Partero. Más que una simple denominación académica, es un recordatorio de que el arte de cuidar la vida ha adoptado distintas formas a lo largo de nuestra historia.
Eso me hace pensar también en las parteras o comadronas, mujeres que durante siglos han acompañado el nacimiento de millones de seres humanos. Su experiencia, lejos de desaparecer, ha comenzado a recibir un renovado reconocimiento. En Ecuador, por ejemplo, desde hace años el Ministerio de Salud Pública las ha integrado al Sistema Nacional de Salud como aliadas en la reducción de la mortalidad materna y neonatal. Del mismo modo, la Constitución reconoce el derecho de los pueblos y nacionalidades a conservar y desarrollar sus prácticas de medicina ancestral, un patrimonio que forma parte de la identidad cultural del país.
Cuando era niña cayó en mis manos un libro que nunca olvidé: Donde No Hay Doctor, de David Werner. Me llamó la atención la manera tan sencilla en que explicaba, mediante dibujos y ejemplos, las creencias erróneas alrededor de algunas enfermedades, la forma de tratarlas, los primeros auxilios y los recursos que podían utilizarse cuando no había un médico cerca. Pero también enseñaba algo esencial: reconocer cuándo era indispensable trasladar a un enfermo a un hospital.
Los centros de salud no siempre están cerca de todas las comunidades. En muchos lugares, el primer auxilio llega de manos de una partera, un sobador o un curandero comunitario. Ellos pueden ser el primer puente entre la enfermedad y la atención médica.
No pretendo afirmar que la medicina ancestral sea mejor que la medicina científica, ni mucho menos invitar a sustituir una por la otra. La medicina moderna ha transformado nuestras vidas y merece todo nuestro reconocimiento. Pero también creo que vale la pena conservar la memoria de aquellos hombres y mujeres que, durante generaciones, hicieron cuanto estuvo a su alcance para aliviar el dolor de sus vecinos. Además han ayudado a referir pacientes a los hospitales y a salvarles la vida.
Así como lo hacía mi bisabuelo. Así como lo hizo mi abuelita, con tanta nobleza. Y como lo continúan haciendo miles de curanderos a lo largo de nuestras tierras.
Porque, al final, pocas vocaciones son tan nobles como dedicar la propia vida a procurar que otro ser humano sufra un poco menos.






