Existen posiciones que defienden el derrotero que la humanidad ha tomado por el peso del desarrollo científico y tecnológico, el cual se proyecta hacia nuevas formas de vida sustentadas en un paradigma marcado por el cambio vertiginoso. Este modelo se caracteriza por su dependencia de recursos naturales explotados a pesar de la destrucción del entorno y de la vida de la gente. Así, las personas dejan de ser lo más valioso de la civilización para devenir en elementos subsidiarios de un sistema que no las ve como esenciales, sino como un recurso más a ser explotado para el mantenimiento y proyección de ese mismo modelo que nos lleva a situaciones distópicas.
Ese camino no es producto de una fatalidad histórica, sino que obedece a decisiones políticas que han priorizado la concentración del poder y las visiones de las élites económicas, que no están preocupadas por la preservación del medio ambiente, la equidad y la justicia social; expectativas y conceptos de la filosofía social que el discurso oficial no contraría, sino que menosprecia en la práctica porque la concentración de la riqueza en pocas manos es radical. Esas pocas manos definen el presente y el futuro de nuestra especie, e invierten inmensas cantidades en sus visiones que podrían ser destinadas a la superación de los graves problemas sociales globales y al cuidado y preservación de nuestra casa común: el planeta Tierra.

World Inequality Lab es un laboratorio de investigación global que analiza la distribución del ingreso y la riqueza. Escuela de Economía de París. / Internet
El diseño del destino
La historia humana está atravesada por los aportes de toda la gente. Hay individuos que han contribuido a definir el destino de la humanidad. Algunos han incursionado en ámbitos de gran sensibilidad material, como la ciencia y la tecnología, que impactan directamente en las formas de producción y distribución de la riqueza económica. Sin embargo, estos saberes —nacidos para el beneficio común— han sido progresivamente asimilados por estructuras de acumulación privada. Otros han contribuido desde su reflexión filosófica o sus aportes a través del arte, la música o las letras. Algunos más, también trascendentalmente, nos han legado posiciones espirituales frente a la vida y su proyección.
En ese escenario complejo que representa la historia, son dos los aportes que han marcado más el diseño del destino colectivo. Los conocimientos, producto de la razón, como son la ciencia y la tecnología, marcan indeleblemente lo que hemos logrado y también definen el futuro probable. El desarrollo de estos saberes se relaciona con la economía y el poder material. Por otro lado, la propuesta ética y espiritual, representada por las religiones del mundo y la filosofía social, propone el cuidado de la vida y la sostenibilidad.
Desde esta perspectiva dicotómica, es evidente que estas dos fuerzas han coexistido y han forjado la historia. La búsqueda del poder, su ejercicio y mantenimiento por parte de quienes logran hacerse de él, por un lado; y la exhortación y la reflexión filosófica que señala caminos y prescribe comportamientos para la protección de la vida y la sostenibilidad, por el otro.
El enfrentamiento de posiciones ha generado una dinámica común al proceso humano. Generalmente, la fuerza del conocimiento se concreta en poder real y efectivo. La espiritualidad, siempre presente y latente, permanece en la mayoría de los casos en la arenga y la exhortación. Es como si todos aceptáramos por la fuerza de las circunstancias que las cosas deben ser así y asumiéramos las veleidades del poder en todas sus variantes, pese a que sabemos que esas formas de actuar que utilizan todos los recursos para prevalecer no son inevitables, pues podemos incidir en ellos para la construcción de un mundo mejor.

Oxfam es una confederación internacional de organizaciones no gubernamentales que luchan contra la pobreza. / Internet
El bien común y los intereses corporativos
El bienestar de todos los seres humanos es el objetivo de las reflexiones filosóficas y espirituales. El prójimo, el semejante y todos los principios de las religiones ponderan el valor de la persona y sostienen que la estructura social debe organizarse en función de ellos. De todos y no solamente de algunos. Ese es el bien común.
La población mundial actual, que supera los 8.300 millones de habitantes, se enfrenta a una asimetría radical. De acuerdo con los registros del World Inequality Lab, la brecha económica es evidente: el 10% más rico concentra el 75% de la riqueza total. El 50% más pobre, más de 4.100 millones de personas, posee apenas el 2% de la riqueza global. Solo unas 56.000 personas en el mundo, el 0,001%, acumulan el triple de la riqueza de la mitad más pobre del planeta.
El modelo mundial vigente prioriza el bienestar de las élites sobre el bien común. El patrimonio de los más ricos del sector tecnológico e industrial creció a un ritmo superior al 16% anual, y de esta manera se destinaron billones de dólares al mercado financiero, a la industria de defensa o a proyectos de evasión planetaria. En contraste, el gasto público global en salud e investigación médica apenas promedia el 0,05% en la mayoría de las naciones en desarrollo.
La escasez es producto de decisiones políticas de asignación de recursos. Veamos algunos datos: existe una expansión del capital multimillonario que ha crecido, según los informes sobre desigualdad de Oxfam, a un ritmo tres veces más rápido que en los cinco años anteriores. Los subsidios al sector privado de combustibles fósiles que benefician a las corporaciones energéticas y el gasto global en investigación y desarrollo impulsado por gigantes tecnológicos, farmacéuticos y de defensa, priorizan patentes comerciales sobre soluciones de acceso directo.
Más de 100 millones de personas caen en la pobreza extrema cada año debido a gastos médicos directos que deben pagar de sus propios bolsillos ante la falta de cobertura pública. Cientos de millones de jóvenes y niños carecen de acceso a la educación por falta de presupuesto social.

La ciencia y la tecnología pueden aportar mucho más al bienestar colectivo. / Internet
Priorizar la vida y el bien común
La distopía que muchos sienten que ya vivimos, y otros temen que sea la realidad del futuro, no es una ley natural ni una fatalidad histórica. Ese futuro que considera que el planeta no da para más y que es necesario buscar vida fuera de nuestro sistema solar, profundizando la investigación con esos fines, no es fatal. Es el resultado de un modelo que responde a intereses individualistas de la minoría que maneja la riqueza global e impone sus puntos de vista.
El conocimiento científico y tecnológico debe beneficiar a las mayorías. No como hasta ahora, sino como política mundial, para que la vida sea mejor no solamente para los ricos, sino para las mayorías también. La educación, la salud y el bienestar de todos, objetivos declarados por la filosofía y todas las formas de espiritualidad, no son utopías, sino legítimos objetivos de la civilización. Dado que la historia humana está atravesada por decisiones de la colectividad y no solo de sus élites, disputar la asignación de la riqueza y el rumbo del desarrollo científico constituye el único mecanismo efectivo para incidir en el proceso humano. El futuro dejará de ser una proyección distópica en la medida en que el diseño del destino común sea recuperado por las mayorías. (O)
Dado que la historia humana está atravesada por decisiones de la colectividad y no solo de sus élites, disputar la asignación de la riqueza y el rumbo del desarrollo científico constituye el único mecanismo efectivo para incidir en el proceso humano. El futuro dejará de ser una proyección distópica en la medida en que el diseño del destino común sea recuperado por las mayorías»










