La universidad en la contemporaneidad líquida

universidad cuenca
En el edificio de la actual Corte Provincial de Justicia del Azuay, funcionó la primera universidad en Cuenca fundada en el año 1867 bajo el nombre inicial de Corporación Universitaria del Azuay.

Por más de cuarenta años he estado -y aún estoy- vinculado a las aulas universitarias, una historia que empezó en la Universidad de Cuenca poco después de graduarme como abogado. La vida académica es consustancial a mi propia experiencia como persona. Escribo desde esa perspectiva.

No soy un observador ajeno a la realidad universitaria, sino que he compartido y comparto la responsabilidad de los errores institucionales y, de ser el caso, de sus aciertos. Tras meses de reflexión, comparto estas impresiones sobre la situación actual de nuestros centros de educación superior, convencido de que analizar su realidad es indispensable para el funcionamiento de una institución tan vital.

El escenario actual

Vivimos en una sociedad diferente a todo lo anterior. Los fundamentos teóricos de lo que ahora acontece los encontramos en la obra de Marx y Engels, cuando plantean que en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire.

Posteriormente, la Escuela de Frankfurt analizó cómo el capitalismo de consumo transformaba la cultura y alienaba al individuo. Herbert Marcuse, uno de sus integrantes, denunció la unidimensionalidad del ser humano provocada por el sistema.

El desvanecimiento de los grandes referentes civilizatorios, como las religiones o las ideologías, dejó al sujeto aislado y perplejo; solo y sin respuestas en un inicio, y desprovisto incluso de preguntas hoy en día, porque ya nada parece tener sentido. La globalización y el neoliberalismo destruyeron el modelo del Estado de bienestar, aquel que permitía aferrarse al empleo para vislumbrar un porvenir estable.

Hoy, en cambio, esta desestructuración decanta en lo que Zygmunt Bauman definió como una modernidad líquida, donde todo avanza a una velocidad desmesurada y el individualismo es extremo. El filósofo coreano Byung-Chul Han complementa el pensamiento de Bauman al explicar las consecuencias psicológicas de esta liquidez social: al no existir estructuras fijas, el individuo se autoexplota bajo el lema del «tú puedes», lo que provoca depresión y ansiedad crónica.

Bajo el capitalismo de plataformas y algoritmos, las personas son tratadas como mercancías que se desechan con el simple movimiento de un dedo en la pantalla de un teléfono inteligente. La verdad también se ha vuelto líquida; las redes sociales y los entornos virtuales configuran una opinión pública voluble, cimentada en emociones que cambian y en noticias falsas.


Zygmut Bauman, filósofo polaco. Nació en 1925 y falleció en 2017. El concepto de modernidad líquida es suyo.

¿Nos acomodamos o resistimos?

A veces acomodarse es el camino más práctico. A menudo, seguir la corriente es la alternativa para mantenerse y prosperar. En muchas ocasiones, esas prácticas reciben el nombre de resiliencia y son ampliamente posicionadas a modo de eslogan como la forma más inteligente de proceder.

Sin embargo, también hay circunstancias que exigen el ejercicio de la resistencia, que siempre se da en condiciones de marginalidad, porque es una actitud que confronta al poder imperante y denuncia lo que considera sus errores. Adaptarse a la pérdida de estructuras sociales y culturales no es opción para mucha gente. El acomodamiento significaría una claudicación del análisis crítico del presente y de su proyección futura.

Es necesario reflexionar sobre la situación contemporánea y evidenciar las relaciones económicas y culturales que se dan global y localmente, las cuales potencian el control sobre las emociones y las vidas de las personas, consideradas por el sistema como meros consumidores potenciales.

La posibilidad de que los individuos interactúen para construir el presente y proyectarse al porvenir es casi nula, debido a la intrusión en la vida cotidiana de sistemas tecnológicos que manipulan y controlan para alcanzar fines ajenos al bien común y a la sostenibilidad colectiva.

Es necesario resistir. Muchos ciudadanos podrán estar de acuerdo con esta postura; no obstante, es preciso fortalecer la convergencia de sus criterios individuales en instituciones o agrupaciones que permitan potenciar sus voces e incidir en el derrotero que las élites han definido para el recorrido de la humanidad, siendo la universidad el espacio histórico para dicha convergencia.


Grupo de estudiantes universitarios.

La universidad y el pensamiento crítico

La universidad no funciona al margen del escenario descrito, porque no es un espacio aislado. Por el contrario, al igual que otras instituciones, actualmente constituye un reflejo de las circunstancias de la época. Se encuentra mercantilizada.

La academia se ha allanado a las exigencias de la productividad y a la consecuente pérdida de la profunda contemplación espiritual. En la sociedad anterior, el título universitario tenía un valor a largo plazo y permitía acceder a relaciones laborales estables. En la actualidad, el saber se difumina e invalida vertiginosamente, y las aulas ya no pueden ofrecer una estabilidad que no está en sus manos otorgar, lo que provoca en los estudiantes ansiedad y desconcierto.

El estudiante es tratado como cliente. Las universidades operan como corporaciones que compiten en el mercado. Los títulos que buscan los alumnos son productos para competir laboralmente, herramientas obligatorias para insertarse profesionalmente en el tejido social.

La filosofía y las humanidades, al no ser saberes requeridos por el mercado laboral, son relegadas a la irrelevancia y carecen de incidencia en el mundo. La rentabilidad se busca en otras competencias que son ofertadas institucionalmente.

El pensamiento analítico y crítico, cuando emerge, es instrumentalizado y neutralizado por el algoritmo que cuantifica los créditos de los planes de estudio, los rankings y las evaluaciones continuas. Los objetivos y los logros se reducen a lo que las métricas pueden registrar; en consecuencia, se estudia, se investiga y se publica con el fin de ser reconocido por el sistema tecnológico. El espíritu y su trascendencia carecen de valor en la universidad contemporánea.

Sin embargo, la subversión de esta lógica es posible. Es factible pasar del estudiante que consume al estudiante que piensa. Se pueden elaborar planes de estudio más estables que no cambien a cada momento, orientados a desarrollar el pensamiento crítico, la ética y el compromiso con la resolución de problemas.

Se puede reemplazar el objetivo de una empleabilidad individualista —buscada a cualquier precio y sin importar quién quede en el camino— por objetivos sociales reales. La universidad, en su original y tradicional significado, representa la más viable de las opciones para recuperar lo perdido y depurarlo si fortalece la presencialidad, el diálogo y el disenso como formas que permiten la construcción de algo nuevo y colectivo.

Las instituciones de educación superior no pueden reducirse a ser simples fábricas de mano de obra; deben volver a ser el espacio para el examen crítico de la vida humana. (O)


Byung-Chul Han, filósofo coreano nacido en 1959. Escribe en alemán, país donde estudió, enseña y reside.

La universidad, en su original y tradicional significado, representa la más viable de las opciones para recuperar lo perdido y depurarlo si fortalece la presencialidad, el diálogo y el disenso como formas que permiten la construcción de algo nuevo y colectivo.

Las instituciones de educación superior no pueden reducirse a ser simples fábricas de mano de obra; deben volver a ser el espacio para el examen crítico de la vida humana»

Dr. Juan Morales Ordóñez

Dr. Juan Morales Ordóñez