El costo de no decidir

Hay decisiones que evitamos… aunque no hacer nada ya es una decisión.

No decidimos ese cambio que venimos postergando, no cerramos esa etapa que ya sabemos que terminó. Nos quedamos más de lo necesario, esperamos una claridad que rara vez llega por sí sola.  Porque con frecuencia decidir incomoda.

Como explica Daniel Kahneman, nuestro cerebro tiende a evitar el esfuerzo cognitivo y el riesgo. Y decidir implica ambos. Por eso preferimos mantenernos en una especie de pausa, donde parece que nada cambia, pero en realidad todo sigue avanzando.

El problema es que no decidir no es neutral. Cada decisión que evitamos tiene un costo que se traduce en oportunidades que se diluyen, en versiones de nosotros mismos que no llegan a existir, en caminos que nunca se exploran. 

Y lo curioso es que muchas veces no decidimos por miedo a equivocarnos, sin notar que no decidir ya es una equivocación. Porque cuando no elegimos, alguien o algo termina eligiendo por nosotros: la inercia, las circunstancias, las expectativas de otros… o simplemente el paso del tiempo. 

Elegir es parte de vivir, no hay garantía de que todo salga bien, pero no decidir sí garantiza que nada cambie.

No hay una fórmula mágica para salir de ese punto. Y tal vez ahí está parte del problema, seguimos esperando claridad, una señal, una certeza que nos quite el peso de elegir. 

Daniel Kahneman plantea que una forma de romper ese bloqueo es reducirlo, no pensar en el cambio completo, sino en el siguiente paso posible, uno que no comprometa todo, pero que nos saque de la inercia.

Como sugiere Shane Parrish, no pensar “¿qué pasa si me equivoco?”, sino “¿qué pasa si no hago nada?”. Después de todo, el costo de la inacción suele ser más difícil de ver, pero no por eso es menos real. (O)

@ceciliaugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Dra. Cecilia Ugalde

Comunicadora, doctora en Marketing. Docente e investigadora en la Universidad del Azuay. Ha hecho publicaciones en alfabetización mediática, redes sociales, marca y comportamiento del consumidor.