El estrecho de Ormuz, de 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, es un termómetro del comercio global que durante milenios ha servido para trasladar mercancías entre Oriente y Occidente. Sin embargo, su relevancia mutó; lo que en la antigüedad fue una ruta de seda y especias, se transformó en la vía actual para el tránsito del 20% del petróleo, una tercera parte de gas natural licuado y fertilizantes del mundo.
La ironía de Ormuz es geográfica y política. Aunque su nombre evoca el antiguo poder persa, los canales de mayor calado están en aguas del Sultanato de Omán. Esta asimetría lo convierte en un área de interés: Irán reclama el control simbólico y militar, mientras el mundo depende de la neutralidad omaní para evitar el colapso.
En lo que va de año, las restricciones al comercio marítimo han elevado los costos del transporte. Irán utiliza la geografía como instrumento de presión, extendiendo su influencia hasta el Mar Rojo. A esto se suma el anuncio de un posible bloqueo preventivo estadounidense orientado a condicionar las exportaciones iraníes y forzar una apertura sin condiciones. Este escenario recuerda episodios de alta tensión del siglo XX, con efectos contrapuestos que ejercen presión sobre infraestructuras clave.
Hoy este sistema tan frágil permite que una zona tan pequeña incida en la inflación en los EE.UU. y en el costo de vida en nuestro país, ubicado a más de 14 mil kilómetros de distancia; con la diplomacia al límite, Ormuz recuerda que la modernidad depende de un histórico cuello de botella. Si el bloqueo naval se consolida, se vería comprometido un pilar de la estabilidad global y de nuestra economía local. (O)










