Comunicaciones: tiempos y formas

Al estilo de los comediantes de antaño -los que no solo hacían reír, sino que dejaban una enseñanza-, vale preguntarnos: ¿qué quedó de todo eso? Tal vez lo recordamos como aquellas escenas en televisores en blanco y negro, con botón para encender, perilla para cambiar de canal y antenas “oreja de conejo” donde cada imagen tenía algo especial y cada risa, algo verdadero. Hoy esas películas reaparecen por cosas de la vida, pero conservan una esencia sencilla y profundamente humana que parecía no pasar de moda. Reír sin herir, convivir sin atropellar y respetar con naturalidad, NO ES MODA.

Seríamos parte de un mundo mejor si el buen humor se mantuviera en su esencia, lejos de la burla fácil o del sarcasmo que hoy se normaliza. Porque, en lo cotidiano, casi sin darnos cuenta, se nos van escapando las formas: amistades que se enfrían, palabras que se dicen sin pensar y, a la vez, personas inesperadas que terminan siendo apoyo sincero. Al final, todo vínculo humano necesita algo simple pero esencial: cuidado, empatía y respeto.

Quizás, si nos detuviéramos un instante antes de responder —antes de reaccionar o de herir—, el mundo sería un poco más amable. Todo empieza por uno mismo. Muchas veces, lo que otros dicen o hacen no habla de nosotros, sino de sus propias historias: luchas silenciosas, ausencias o dolores que no vemos. Y, sin embargo, lo olvidamos con facilidad y terminamos juzgando o respondiendo sin medida, como si nuestras palabras no tuvieran peso, como si no cargáramos también nuestras propias imperfecciones.

En medio de las exigencias de estos tiempos, corremos el riesgo de volvernos fríos y distantes, como si avanzar implicara dejar atrás lo esencial. Así, vamos perdiendo aquello que nos hace humanos: un “gracias” sincero, una sonrisa, una breve conversación o un gesto solidario. Hemos confundido rapidez con indiferencia y modernidad con distancia, porque no es solo una forma de hablar, es una forma de comunicar con el otro: no es lo mismo un «buenas», «veci», «estimado», que la calidez de nombrar con respeto y cercanía. Ese “contacto con tacto” que practicaban nuestros padres y abuelos —con el vecino de la botica, la zapatería o la panadería— no era solo costumbre, era una manera de reconocer, era una forma de identidad, era la elegancia de ser humanos, incluso en lo cotidiano.

Y así, frases como “Mi Dr. Luchito, muy buenos días”, “Doña Victorita, ¿En qué le puedo servir?” o “Dígame, mi joven, ¿Cómo le ayudo?” no eran simples preguntas, eran también formas de cuidado, de cercanía y de real interés. Hoy, en cambio, pareciera que donde antes había tino, lo hemos ido dejando al destino, como si la forma de tratar ya no importara. En esas pequeñas expresiones vivía algo profundo: la elegancia silenciosa de saber reconocer al otro. (O

Mgtr. Vivianna Bernal

Mgtr. Vivianna Bernal

Servidora de carrera y profesional en temas de género, violencia y seguridad ciudadana. Realiza asesoría a través de su marca personal “Soy Violeta”.