No es solo un verso de uno de los himnos más hermosos del país ¡Es una afirmación! Ese fragmento expresa con claridad lo que Cuenca ha sido y sigue siendo: una ciudad que, como pocas, ha sostenido con coherencia una identidad donde convergen la elegancia, el pensamiento, la cultura, el respeto, la valentía y el civismo como forma de vida.
Hoy, esa condición no ha desaparecido, pero sí se ha erosionado profundamente y no por azar, sino por una práctica política que ha dejado de estar a la altura de una cuencanidad que exige respeto. La politiquería ha reemplazado la visión por la conveniencia, mientras lo público cede ante intereses personales y ambiciones cada vez más evidentes, arrastrando a la ciudad hacia la confrontación vulgar, el protagonismo efímero y los proyectos de corto aliento. En ese escenario operan los “transitorios”: autoridades sin arraigo que gobiernan desde la coyuntura, los compromisos y la rentabilidad del poder, con discursos que oscilan entre manipulación, victimismo y confrontación, instrumentalizando la corrección política o las acciones afirmativas.
El respeto por la inteligencia de la gente y por la responsabilidad del cargo se ha ido diluyendo al ritmo de la sed de poder, olvidando que toda mala decisión deja consecuencias inevitables. Más grave aún es la normalización de la desvergüenza pública y la pérdida de virtudes que antes eran la regla: el error ya no se corrige, se justifica; lo indefendible no se asume, se disfraza. Así, la ciudad deja de ser un proyecto común para convertirse en un recurso de uso y abuso. Cuenca sigue en pie, pero ya no de galas, sino cubierta de populismo, parches y relatos que intentan sostener lo insostenible. Hoy domina el afán de protagonismo, se impone el interés particular y se diluye el sentido de lo colectivo.
Esto pesa más en Cuenca que en cualquier otra ciudad del país, porque aquí lo público siempre significó algo más: no solo territorio, sino referencia; no solo espacio, sino ejemplo. Por eso, el deterioro no es únicamente político o administrativo, sino una fractura en la dignidad colectiva; y, sin embargo, esa esencia persiste mientras exista memoria: la verdadera crisis no está solo en quienes gobiernan, sino en cuánto estamos dispuestos a tolerar sin exigir la altura que siempre nos distinguió. (O)







