La música no conoce idioma, ni fronteras.
Se instala donde encuentra oído… y, sobre todo, donde encuentra corazón.
Vengo de una familia donde la música no es un lujo, sino parte de la vida cotidiana. Por el lado materno, crecimos entre melodías, disciplina y sensibilidad. Fue mi madre quien nos inculcó ese amor profundo por la música, ese respeto casi reverencial por lo que significa.
En esa misma línea, uno de mis tíos llegó a dirigir tanto la Sinfónica Marcial como la Sinfónica Nacional, dejando en nosotros no solo el ejemplo, sino también la certeza de que la música no es adorno… es formación.
Con el tiempo, ese vínculo se ha extendido a sobrinos y nietos. Mi hermano, por ejemplo, desarrolla su carrera como tenor en escenarios internacionales y, en lo personal, la música sigue siendo parte de mi camino como mezzosoprano, corista y, en ocasiones, solista, con la oportunidad de cantar bajo la dirección de maestros de Estados Unidos y Europa.
Tal vez por eso, al llegar a Cuenca, entendí algo de inmediato. Aquí, la música no se guarda.
Se comparte.
En muchas ciudades del mundo, el acceso a la música clásica sigue siendo limitado: por costo, por distancia o por percepción. En cambio, en Cuenca, asistir a un concierto de la Orquesta Sinfónica o de la Filarmónica es una posibilidad real para cualquier persona.
Muchas veces es gratuita. O con un costo simbólico.
Y eso no es un detalle menor. Porque cuando el arte se vuelve accesible, deja de ser exclusivo… y empieza a formar parte de la identidad de un pueblo.
Hay ciudades que entienden el valor de la belleza…y hay otras que, además, la ponen al alcance de todos.
Cuenca pertenece a ese segundo grupo.
En una época en la que el acceso a las artes suele estar mediado por el costo, la exclusividad o la distancia, esta ciudad ha cultivado un hábito poco común: abrir las puertas de la música sinfónica y coral a su gente. Aquí, los conciertos de la Orquesta Sinfónica y de la Filarmónica no son un privilegio reservado para unos pocos, sino una experiencia compartida, muchas veces gratuita o a un costo simbólico.
Y eso cambia algo profundo.
No se trata solo de escuchar a los grandes compositores, sino de convivir con ellos: con Mozart, con Bach, con Beethoven… y también con creadores contemporáneos cuya obra sigue dialogando con nuestro tiempo.
Por algo a Cuenca se le llama Atenas del Ecuador. No solo por su historia o su arquitectura, sino por esa decisión silenciosa y poderosa, de apostar por la cultura como un bien común.
En ese contexto, resulta especialmente significativo el próximo estreno nacional del Requiem de John Rutter, una de las obras corales más interpretadas del repertorio contemporáneo.
Rutter, compositor y director británico, ha logrado algo poco frecuente: acercar la música coral al público moderno sin perder profundidad ni belleza. Su lenguaje es accesible, pero no simple; emotivo, sin caer en lo superficial.
Su Requiem, compuesto en 1985, no es una misa tradicional en el sentido estricto. Es, más bien, una meditación sobre la vida, la muerte y la esperanza. Una obra luminosa, profundamente humana, que no busca imponerse, sino acompañar.
En esta ocasión, el Coro Comunitario de Cuenca, cuyos integrantes son de diferentes países, junto a la Filarmónica de Cuenca, presentará esta obra en lo que será su estreno nacional.
Y hay algo particularmente valioso en ello: no se trata de una élite artística distante, sino de una comunidad que canta, que aprende, que se disciplina.
Porque cuando una ciudad hace de la música un espacio abierto, no solo forma públicos… forma sensibilidad.
Y en tiempos donde todo parece ir demasiado rápido, detenerse a escuchar sin barreras, sin filtros, sin exclusiones. Es, en sí mismo, un acto de cultura.
Cuenca lo entiende.
Y por eso, más que una ciudad que conserva su historia…es una ciudad que sigue cultivando su esencia.
El Requiem de John Rutter se estrenará en dos galas: Jueves 14 y sábado 16 de mayo de 2026, en la Iglesia de la Merced. La entrada es libre.






