Las flores también tienen vida. Jardines. Un día llegó. Se quedó. Transformó lo inesperado y conquistó lo que estaba listo para ella. Descansó en una vida que nos esperaba. Con pulso, despacito, cual Principito.
Inspiró, emocionó, edificó y calmó. Nutrió los sentidos, inició un camino y transitó. Dios nos presentó. No hay duda. Con su voluntad y su presencia. Con su razón y su revelación. Con su misión. Con sus entrañas vivas y su magia creativa. Con su Palabra y su sed. Con su aliento y su visión. Con tantas voluntades puestas para cobijar. Con tantas manos presentes.
Desde entonces, los paisajes se han llenado de color; las armonías, de melodía, ritmo y tiempos en sol mayor. Una profunda fórmula de sabiduría, existencia, presencia, tonalidad y color. Nuevas páginas se escriben y una dosis de letras, con acentos y pocos silencios, se vive. Se inclina. Se presenta. Se admira. Se baila. Se danza y se aviva.
Está en cada amanecer, al despertar, en el vuelo de las aves y, aún más, en el aeropuerto de los gorriones. Su voz acaricia los silencios y trasciende hasta las venas. La sangre misma la contempla. Es como un sol que ha echado raíces. Como una decimosexta sinfonía, con Beethoven, Mahler, Brahms, Mozart y Haydn invitados a la cena. Su sonrisa inquieta ilumina, descubre y fortalece. Su mirada envuelve.
Ejercer el Derecho para la justicia y sanar para la vida se animan desde la integridad. Desde el florecer. Desde el profundo sentido de dos almas que se encuentran, crecen, caminan, alivian y sostienen. Que se habían esperado. Que se aman por la eternidad. (O)
@jchalco







