La pobreza duele, y cuando se vuelve insoportable, suele generar respuestas radicales. Dos de ellas marcaron el siglo XX: el bolchevismo en Rusia y la Teología de la Liberación (TL) en América Latina. Ambas surgieron de la indignación ante la injusticia, pero tomaron caminos distintos. Los bolcheviques, liderados por Lenin, observaron la opresión que sufrían obreros y campesinos bajo el zarismo. Su diagnóstico identificó al capitalismo y a la religión como las causas del problema. Su solución consistió en tomar el poder mediante la revolución, instaurar la dictadura del proletariado y promover el ateísmo. Consideraban la religión como un instrumento de dominación, por lo que persiguieron a la Iglesia, cerraron templos y reprimieron la enseñanza religiosa.
Décadas después, la Teología de la Liberación nació al contemplar la pobreza de campesinos, habitantes de barrios marginados e indígenas excluidos. Su planteamiento inicial afirmaba que no puede existir una fe auténtica sin compromiso con la justicia. Sin embargo, UNA DE SUS CORRIENTES incorporó elementos del “análisis marxista” para interpretar la realidad social. Desde esta perspectiva, el mundo quedó dividido entre opresores y oprimidos, el pecado, más que personal, pasó a entenderse principalmente como un fenómeno estructural y algunos llegaron a justificar la violencia como instrumento de liberación.
La Iglesia nunca rechazó la preocupación por los pobres. Por el contrario, tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI defendieron la opción preferencial por los pobres como una exigencia evangélica. Lo que cuestionaron fue el camino, el recurso al marxismo como método de análisis y acción. En 1984, el entonces cardenal Joseph Ratzinger advirtió que el marxismo, por su carácter ateo y su lógica de confrontación, era incompatible con la fe cristiana. Dos años después, la Iglesia reafirmó el compromiso con los pobres, pero rechazó el odio, la violencia y la reducción de Cristo a un simple líder revolucionario.
Como se ve, el bolchevismo busca transformar la sociedad prescindiendo de Dios y justificando cualquier medio en nombre de la revolución. El cristianismo, en cambio, propone una transformación basada en el amor, la reconciliación y la conversión personal. La verdadera revolución cristiana no consiste en eliminar al adversario, sino en cambiar los corazones para que también cambien las estructuras. Una auténtica Teología de la Liberación fiel al Evangelio, es la representada por figuras como Cándido Rada u Óscar Romero que murió perdonando. Aquí entonces, está el quite del asunto. Ambas buscan aliviar la pobreza, pero difieren profundamente en los medios y en la visión del ser humano. (O)









